martes, 24 de marzo de 2015

NO VOTO EN 2015
Hace ya tiempo que, en los meses antes de las elecciones, ciudadano que soy, me siento a reflexionar y escribir -básicamente para mí mismo- acerca de las razones por las cuales no votaré. Claro, si hubiera razones para ir a votar, pues ésas enlistaría, pero eso no ha pasado. Veamos:
Primero: la ineficiencia del gobierno para cumplir sus obligaciones constitucionales, como dar educación, trabajo y salud universales y de calidad; el crecimiento económico siempre prometido y no cumplido en décadas; la presencia de la corrupción cínica, extendida y cotidiana, y la no representatividad de nuestros representantes, más, en los últimos años, la violencia en crecimiento exponencial y la indiferencia gubernamental hacia la gente y nuestros derechos, cuando no el despojo y la agresión. Toda esta incompetencia y corrupción la pagamos muy cara, con algunos de los sueldos más altos del mundo para puestos de este tipo.
Después: pasemos revista a los partidos políticos, para encontrar que no existen posturas ideológicas, contenido o propuestas mínimamente razonables; vaya, ni siquiera los nombres de los partidos corresponden en absoluto a lo que en realidad son. Eso sí, estructurados cada uno y aliados entre ellos para mantener sus posiciones y recursos económicos; y pelotearse el poder sin importar las necesidades o las preferencias de la gente. Los partidos, sus propósitos reales, su acción, están desligados de la sociedad y sus necesidades, y sólo se presentan ante los ciudadanos (todos lo sabemos) a la hora de la campaña política.
Sigamos con los procesos electorales, obscenamente caros, manoseados intensamente por los gobiernos y los medios, y que gracias a leyes cada vez más “perfeccionadas” y maneras más sofisticadas de darles la vuelta, son arbitrados por entes ineptos para siquiera ver y menos sancionar las enormes irregularidades, delitos, sobornos, amenazas, en fin, lo que todos los ciudadanos, incluso los consejeros y jueces electorales, sabemos que ocurren. Verdaderamente es envidiable ver que en países que tienen procesos diez o cincuenta veces más baratos y mucho menos intrusivos que los que padecemos y pagamos aquí los ciudadanos, nadie se pelea al final y todos acatan tranquilamente los resultados.
El análisis de los fraudes de antología que han ocurrido en las postrimerías del siglo pasado y en este, y de los dizque candados y dientes y transparencias que hay ahora para evitarlos, llevan a pensar que las cosas siempre están arregladas y que un candidato decente (en el mejor sentido de la palabra) no ganará nunca o, si ganara, es porque ya no es tan decente. Los procesos electorales, en suma, están hechos por y para los partidos políticos y, por tanto, son ajenos a los intereses de la mayoría de los mexicanos. No quisiera referirme a los estridentes y continuos spots, que en cada campaña superan su imbecilidad: nos aplauden, nos dicen que sí podemos, quieren que seamos felices... En muchos países, semejante flujo de idiotez brotando de todos los medios masivos a toda hora es impensable, sería ilegal si alguien se atreviera a intentarlo. Los partidos pelean apasionadamente porque el otro dice su mensaje en más minutos que el de ellos, pero ninguno se disculpa por las propiedades que sus correligionarios tienen en el país y el extranjero; ni se preocupa porque haya desaparecidos y niños muriendo de hambre hoy mismo.
Veamos ahora qué pasa con los votantes y sus motivos. Lo primero, como dice el maestro Enrique Galván Ochoa, es la sencilla ecuación: 1 pobre = 1 voto. Mediante beneficios, amenazas, compromisos morales, promesas y dinero se logran muchísimos votos. Otros muchos sólo van a votar porque “hay que votar” y votan por este porque es el que va a ganar o porque está guapillo el candidato, o porque se me hace que ha de oler rico (verídico) o porque un día lo vi pasar... Y algunos, porque si gana y como es compadre del amigo del cuñado, tal vez me dé chamba... No tenemos estadísticas de cuánta gente hace un análisis y piensa cómo y por qué votar... Y... ¿Acaso hay diferencia? ¿Alguno de los candidatos me ofrece que la ciudad dejará de crecer en el desorden que lo hace? ¿Que realmente mejorará el transporte? Etc. etc. etc..... ¡Pero cómo no! Lo requeteprometen y luego olvidan y no hay manera de castigarlos más que votar en 3 o 6 años por el otro, sí, ése con el que se sienta los domingos en misa...
Es triste pero todos estamos seguros que el que venga hará lo mismo que el anterior, o peor. Es algo que todos los mexicanos sabemos en el fondo, como sabemos que Santa Claus no existe, pero cada vez que hay que votar, tantos vuelven a creer en él, sobre todo si todavía no les va tan mal en su vida y negocios, y van a las casillas una y otra vez. No vaya a ser que se desestabilice el proyecto de nación.
Pero ¿Vas a dejar que decidan por tí?
Ya está decidido, en forma holística, el resultado de la elección. Lo saben Soriana, Televisa, los gobiernos de estados y municipios que participan de mil maneras que nadie fiscaliza, los partidos que cambalachean triunfos (que la ciudadanía quería) por otras prebendas, etc., etc. Ah, y sobre todo, lo saben el INE y el Tribunal Electoral.
Pues entonces anula tu voto para que sepan que no te parece ninguno de los candidatos.
Los votos nulos son “mudos” en realidad, se avientan a un montón anónimo en donde no se sabe si la boleta se llenó “mal” por ignorancia, desmadre o conciencia ideológica. Pero los votos nulos ayudan igual que los otros a lograr el objetivo fundamental de la partidocracia: que haya la menor abstención posible. Cada dedo entintado, cada boleta marcada, es un voto de confianza en un sistema que no funciona y dinero para los partidos. Si voy y anulo mi voto les estoy diciendo que ahorita no me gusta lo que me ofrecen, pero que estoy dispuesto a seguir participando.
¡Gracias por participar!
Cada participación aumenta el rating de este reality y le da más de nuestro dinero a los partidos. Y credibilidad al gobierno ante el mundo.
Por eso, desean desesperadamente (y se la viven diciéndonoslo) que vayamos a votar aunque sea por Cantinflas o López Obrador.
Y por eso, por eso mismo, yo no voto.
***
Pero hoy las cosas han cambiado cualitativamente. Creo que sin exagerar podemos decir que la Constitución ha sido profundamente violentada y desmantelada en muchos de sus principales concepciones y postulados. Esto fue perpetrado con urgencia tremenda y con la complicidad de la oposición; y en muchos casos en contra del parecer de la mayoría de los mexicanos.
Las reformas llamadas estructurales, que durante tantos años se ha dicho que necesitaba el país para crecer y progresar, no son más que la oficialización de lo que se ha venido haciendo por años en forma más o menos simulada, y que por supuesto no ha traído crecimiento y mejoría en las condiciones de la mayor parte de la población, que ha sido despojada cada vez más, a favor de los que más tienen.
El desmantelamiento de PEMEX, la destrucción de extensas áreas naturales por las mineras y constructoras, el incremento en los índices de desigualdad, las enormes ganancias de las grandes empresas y financieras, el desempleo y el aumento de la pobreza, son algunos rasgos de lo que realmente pasa en el país, y que las reformas sólo apuntalan para que vengan con más confianza otros inversionistas a decidir que hacen con nuestro país.
Además, el crimen organizado tiene visiblemente control sobre grandes áreas del país y, probablemente en otras en las que no es tan evidente. Se ha hablado de infiltración en diversos grados en el 70% de los municipios. No parece que la intervención del gobierno federal resuelva las cosas, pero sí ha resultado efectiva para neutralizar a los grupos de autodefensa formados por ciudadanos en contra de los carteles en regiones en donde era ya imposible aguantar los robos, secuestros, desapariciones, violaciones...
Hace todavía unos meses, los “líderes de opinión” en el mundo (cualquier cosa que eso signifique) se hacían de la vista gorda queriendo pensar que ahora sí, México iba a salir de la mediocridad (no veo cómo, si no estaba cambiando nada), pero se han destapado cloacas terrorificas en varios frentes: corrupción, incapacidad, falta de respeto a los derechos humanos, violencia gubernamental y del crimen organizado generalizadas; impunidad casi perfecta, a la vista de todos, y hoy, esos mismos “líderes” ya no pueden elogiar y tienen que reprobar, porque las cosas han llegado a un nivel que no permite ya quedarse callados.
La situación es de tal gravedad y complejidad, que en casi cualquier otro país de los llamados democráticos, hace meses habrían ocurrido renuncias de personajes del más alto nivel, y algunas otras medidas radicales y visibles se habrían tomado, al menos para liberar tensión (lo que los analistas llaman “control de daños”). Aquí indigna y avergüenza la inacción, frescura y desfachatez con la que se conducen los responsables últimos de los fraudes, las masacres y desapariciones, frente a sus propias víctimas, manifestaciones multitudinarias y cotidianas; y la opinión mundial.
En muchos ámbitos de este país, quizá por la costumbre de tantos años de ver diariamente la corrupción y la violencia, como dijo el semanario inglés The Guardian que le ocurre al propio presidente, no entendemos que no entendemos lo inaceptable de la situación; la enorme tensión política y social en aumento, no vista en muchas décadas, ni siquiera en 1968 o 1994.
Si en otras ocasiones la discusión planteada al principio de este texto era pertinente, creo que hoy está fuera de lugar, es absurda como la orquesta tocando valses en el hundimiento del Titanic.

Creo que hoy, como nunca, no votar es un deber patriótico, una actitud digna y de humanidad hacia las víctimas, una demostración pacífica de que entendemos lo que está pasando y exigimos respuestas verídicas, prontas y efectivas de las autoridades.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El agua, que cada año nos revuelca...
“No hay tigre, decían,
y el tigre estaba pasando justo delante de ellos”

Publicado el 2 de septiembre de 2002 en El Informador Ambiental,
suplemento del Diario de Querétaro
Armando Bayona Celis

El agua en Querétaro hace crisis cada año que llueve lo que tendría que llover o un poco más. A pesar de que por estos rumbos el clima es algo veleidoso, como todos los de la familia de los semiáridos, no podemos decir que sea impredecible, o terrible como otros que llevan desastres a las zonas costeras y a nosotros nomás nos completan el temporal... Pero parecería que el agua –que tanto se necesita aquí– es también una amenaza; que mientras nos falta por un lado (el de nuestros pozos, cada día más profundos para alcanzarla), por el otro, el de las avenidas de agua bronca, que inunda, enloda y maltrata la ciudad, y produce el fenómeno de las coladeras brotantes, nos sale sobrando y nos alarma.

Esta ¡ay! por desgracia no es una novedad: ya en la década del 1960 existían recuentos de este problema, compilados, redactados, impresos y voceados por Don Alfonso Adame –insigne y adelantado ambientalista; uno de los recursos de sentido común y pasión más preciados que tiene Querétaro(*)–. Recuerdo una hoja en la que por el anverso nos habla de la alarmante disminución de los depósitos subterráneos, y por el reverso de cómo se inundaban zonas de la capital cada vez que llovía con cierta intensidad. En fin, treinta y tantos años han pasado y parece que nadie se dio cuenta; que estamos despertando cada verano a la pantanosa realidad que parecemos olvidar al fin de la temporada de lluvias.

Esto, señoras y señores, es sólo uno de tantos ejemplos de la mexicanísima (y queretanísima también, pues cómo no) costumbre de no planear; de no escuchar la voz del sentido común, de gobernar para hacer fiestas y arcos triunfales y no para los aparentemente pequeños problemas cotidianos; de no exigirles los ciudadanos a nuestros representantes y administradores. Pero no pienso discutir más sobre esto, porque son otras cosas las que quiero contarles hoy sobre el agua.

Como por ejemplo, que en estos años que pasaron desde las primeras hojitas del señor Adame hasta hoy, se ha construido silenciosamente en la capital queretana y sus alrededores una enorme, poderosa máquina hidráulica, capaz de conducir con gran eficiencia muchos millones de metros cúbicos al año: la propia zona urbana de la orgullosa Santiago de Querétaro con sus satélites, zonas industriales y cabeceras municipales vecinas conurbadas, que en menos de 30 años ¡quintuplicó su superficie!

Esto significa un área de alrededor de 14,400 hectáreas urbanizadas en los municipios de Querétaro, Corregidora y El Marqués, de las que –podemos suponer muy conservadoramente– al menos la mitad (7,200 ha; o 72 millones de metros cuadrados) se encuentran debidamente impermeabilizadas contra la infiltración del agua de lluvia, es decir, pavimentadas o como azoteas de casas, edificios y naves industriales. En las 4 quintas partes de ellas, hasta los inicios de la década de 1970, el agua llovida se infiltraba en parte para llegar, con toda calma, a formar parte del acuífero que subyace al bajío de la capital.

La situación actual es distinta. Muy distinta. El agua que llueve sobre calles y azoteas, es capturada prácticamente al instante e inicia un raudo viaje por tuberías que, desde los techos de las edificaciones y por todas partes en las calles, la llevan en la forma más expedita posible a mezclarse con las aguas negras y los desagües de industrias, y a abandonar el estado uniéndose al río Lerma.

Pero la ciudad se ha extendido hacia las faldas del Cimatario y por muchos lomeríos y laderas de cañadas alrededor de nuestro pequeño bajío. La ciudad –colonias de lujo y populares por igual– se ha trepado a zonas con pendientes moderadas y fuertes, y subido por arriba de los 2,000 metros de altitud, casi un cuarto de kilómetro por sobre el nivel de la Alameda Hidalgo. Esto hace que, si la lluvia es de cierta intensidad, baje a toda carrera por los tubos del desagüe; pronto rebase la capacidad de estas cañerías y brote por coladeras o por donde se pueda, en la parte baja de la ciudad.

Querétaro suroeste, Región Hidrológica Nº 12, el trocito estatal más pequeño de los que forman  la cuenca del Lerma-Chapala, se ganó hace dos años, a base de estudios técnicos muy bien fundamentados, así como grandes y sesudas discusiones, el derecho de conservar 94 millones de metros cúbicos del agua que se precipita en estos poco más de dos mil kilómetros cuadrados que nos tocan de dicha cuenca. Hubo gran beneplácito en los medios y quedó claro que los queretanos, nuestra Comisión Estatal del Agua, nuestros Consejos Ciudadanos, luchábamos codo con codo por lo que nos pertenece.

No obstante, el poniente de Querétaro sigue siendo más que generoso con las aguas pluviales de su dinámica zona urbana, que tal vez sumen (mmm, déjenme ver: 72,000,000 de m2 multiplicados por 56 centímetros, o 0.56 metros de altura promedio de la lluvia anual)... ¡40 millones! de metros cúbicos que llueven sobre nuestras calles y casas, agua aprovechable que capturamos a base de sistemas complejos y costosos, sólo para deshacernos de ella lo más pronto posible, como si nos sobrara.

Parece ciencia-ficción esto de imaginarnos cosechando el agua que cae en nuestra azotea, como lo parecía hasta hace unos años el imaginar computadoras hogareñas, respeto al voto ciudadano y tantas otras cosas comunes en este año del Señor de 2002. Pero la tecnología para hacerlo existe desde hace décadas. Y, por supuesto, no debemos ser tan inocentes como para pensar que esta es LA SOLUCIÓN al problema del agua en Querétaro. Evidentemente será necesario –pero pronto, eso sí– combinar una serie de medidas en todos los ámbitos: agricultura, reforestación, desarrollo urbano, cultura del agua...


O, como apareció apenas hace unos días en la prensa local, un desarrollo del Dr. Eusebio Ventura, de la UAQ, que consiste en hacer oquedades en la tierra labrada, como muchos diminutos bordos, mediante una rueda especialmente diseñada que se acopla a la maquinaria agrícola, y que aumenta la infiltración de agua pluvial en forma significativa. Cosas aparentemente simples o pequeñas, pero que sumadas, como las gotas de agua, tal vez tengan un efecto mayor al de la cortina de la presa más grande y sofisticada.

*Alfonso Adame falleció en 2005

miércoles, 2 de febrero de 2011

¿SOMOS MUCHOS?

La población humana creció tremendamente en los últimos 100 años, hasta alcanzar casi los 7,000 millones de personas (se estima que esta cifra se alcanzará en 2011 y que habrá  9,000 millones para el año 2046, de acuerdo al Buró del Censo de los Estados Unidos). El crecimiento, si bien ha tendido en las últimas dos décadas a disminuir su tasa en forma más o menos consistente, continúa, y lo hará durante muchos años.
En consecuencia, se escucha cada vez más el argumento de que están creciendo la hambruna, el desempleo, el deterioro ambiental, ponga usted la palabra… por causa de que somos muchos, más de los que soporta el ecosistema o la capacidad de carga del planeta. Esto es un prejuicio, y uno de los más peligrosos, que históricamente ha sido esgrimido para justificar (y claro, ejecutar) actos de discriminación, destierro y genocidio.
En este texto trataré de mostrar que no tiene sentido declarar que el número de habitantes de la Tierra es mucho o poco, sin situarlo en un contexto menos vago que la capacidad de carga o el ecosistema, o supuestamente demostrándolo por el hecho cierto de que están disminuyendo los recursos o aumentando el número -y a veces también la proporción- de gente en extrema pobreza.
La capacidad de carga, un concepto de la ecología, se ha definido como el número o la densidad de población de individuos de una especie que puede sustentar indefinidamente un terreno, región, tipo de paisaje, ecosistema, o incluso la totalidad de  la superficie del planeta.
Esta capacidad tiene que ver, en el caso de las plantas, con la cantidad de luz solar, el espacio disponible que presenta las características adecuadas para la implantación y el desarrollo de cada especie; y la producción de material vegetal, el número y la dinámica de las presas de caza, o el espacio para ocultarse, anidar o excavar madrigueras en el caso de los animales, como unos pocos de los factores importantes. En suma, la capacidad de carga son el espacio y la energía (sol o comida) aprovechables por una especie.
Este concepto se ha tratado de aplicar a las poblaciones humanas, suscitando diversas críticas, ya que nuestra especie se comporta en forma distinta a las demás. Por ejemplo, la superficie agrícola real por individuo (así como el área agrícola que requiere una persona para su alimentación) disminuyó sustancialmente en los últimos 60 años, gracias a la incorporación de técnicas y semillas mejoradas para mayores rendimientos. Otra cuestión es que el comportamiento de la población responde en cierta medida a la aplicación de políticas públicas a nivel nacional o internacional. Es por eso fundamentalmente que se observa una disminución en la tasa de crecimiento global y en muchos países. Esto no ocurre con poblaciones de plantas o animales en la naturaleza.
Una nueva tecnología, o bien la aplicación de una tecnología distinta a la usual, podrían hacer más eficiente el proceso de producción de alimentos, erradicar una enfermedad o abaratar y limpiar la energía que consumimos. Esto ha ocurrido en diversas ocasiones, la mayoría de ellas en tiempos relativamente recientes.
Evidentemente, el espacio aprovechable es finito, y por tanto, la población humana no puede crecer infinitamente. Hay un límite, pero ¿qué tan lejos estamos de él? ¿Es inminente?
La respuesta no es un número de personas ni una fecha aislados, sino ubicados en el contexto y los paradigmas de una sociedad; en la capacidad tecnológica de producir más o menos espacio, energía y alimento aprovechables (es decir, capacidad de carga) de una sociedad. ¿Sustentable o no? Ese es otro asunto, una cuestión que se intentará resolver más adelante.
El crecimiento de la humanidad es, en realidad, un fenómeno relativamente nuevo. Antes, y durante muchos milenios, de hecho, durante la mayor parte (muchas decenas de miles de años) de la historia de nuestra especie, el número de personas sobre el planeta crecía o decrecía por diversas causas pero, en promedio, tendía a mantenerse.
Está bastante claro que el inicio del crecimiento de la población tiene relación con la práctica generalizada de la agricultura, hace menos de 10,000 años, la concentración de parte de la población en las ciudades y la aparición de clases dominantes. Estos son los componentes de un proceso relativamente reciente que vendría a ser la primera etapa de lo que llamamos progreso.
Con el progreso vino, por una parte, la posibilidad de este sistema de sostener a una población mayor, porque la producción agrícola es más eficiente que la caza y recolección, de modo que produjo más alimentos por unidad de área, aunque causó un impacto mucho mayor al medio y requirió la servidumbre o esclavización de una parte considerable de las personas.
La siguiente etapa, que ocurrió en forma mucho más dinámica que la anterior, se dio a partir del Renacimiento, cuando por un lado se amplió inmensamente el territorio dominado por los reinos llamados occidentales, hasta ser dominante esta cultura, que es la única que enarbolaba en ese momento la idea y el ideal de progreso, hasta alcanzar un nivel global, y comenzaron a formarse establecimientos financieros e industriales. Por supuesto todo esto iba aparejado a un desarrollo cada vez más pronunciado de la ciencia y la tecnología. La producción se mecanizó y multiplicó, los hallazgos en la agricultura, la globalización de las plantas cultivadas, el desarrollo de nuevos procedimientos y sustancias curativas, todo impactó en el crecimiento de la población cada vez más intensamente.
En las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, apareció la producción masiva en serie, que dio lugar a la instauración de la sociedad de consumo, tal como la conocemos hoy, en la que dominan los automotores, el gasto de inmensas cantidades de energía de combustibles fósiles y la industrialización de casi toda la actividad humana civilizada: la educación, la salud, el transporte, la comunicación, la guerra y la religión... todo se ha tornado en industrial, masivo y consumible. La sociedad civilizada se ha dado enloquecidamente a la manufactura, la renovación y el desecho innecesarios de mercancías, y su transado a lo largo y ancho del planeta en forma exponencial; y paralelamente (¿es acaso un círculo vicioso?) la población se ha disparado a un grado que ni las inmensas guerras globales del siglo XX afectaron la curva de crecimiento.
Esta economía de consumo, es producto de -y le viene muy bien a- el sistema capitalista, que está basado, como todos sabemos y la mayoría supone que es correcto, en la competencia. Pero esta competencia requiere forzosamente de que se produzca más de lo que habrá de ser comprado; de destruir toda mercancía que ya no será adquirida, sin importar cuánto se necesite por parte de quien no la puede pagar. Y como las personas, su trabajo, son también mercancías, el sistema de competencia exige que haya capacidad de trabajo de sobra, es decir, desempleo. Es pues, un sistema que desperdicia por necesidad una parte de la producción y la productividad (sí, de la capacidad de carga) de la sociedad humana.
El sistema capitalista global, tal como funciona hoy en día, requiere, además, de crecer en forma continua. Esto se ha derivado de las creencias judeo-cristianas de que el futuro será mejor y del proceso de perfeccionamiento espiritual del individuo, que se han ritualizado para formar parte esencial de la visión occidental de la historia (cito a Gabriel Zaid), de modo que hoy casi nadie duda de que el desarrollo y el progreso van forzosamente de lo peor a lo mejor; de lo simple a lo complejo y de lo pequeño a lo grande.
El crecimiento del sistema requiere del desarrollo de nuevos productos, que se financia con el sobreprecio de los que se adquirieron antes; de la protección de patentes y derechos, que encarecen también las mercancías, a veces en proporción mucho mayor a lo que suman el costo real y una ganancia razonable; de la manipulación de la gente para crearle necesidades y valores que la impelan a adquirir bienes que objetivamente son inútiles; de la explotación cada vez mayor de los espacios y las materias primas; de la generación de crecientes cantidades de desperdicios…
El resultado de todo esto es una sociedad global en la que la desigualdad, tanto entre regiones del mundo, como muchas veces dentro de una misma nación, es abismal; donde coexisten la conservación y la destrucción del medio; la hambruna y el despilfarro; los inmensos latifundios y los millones sin hogar; la carencia de lo más indispensable y la acumulación de lo que no alcanzarían generaciones de descendientes a usar.
Bueno, pero basta de ideología y vamos a los datos duros: ¿hay o no espacio?
Si analizamos una tabla de la densidad de población de los países, nos daremos cuenta de que el número de habitantes por kilómetro cuadrado, poco o nada significa en cuanto a la capacidad de carga de cada territorio, o al bienestar o malestar de la población: Corea del Sur tenía en 2009 una densidad de 487 hab. / Km2, Holanda de 401, India de 363, Haití y China, de 362, el Salvador de 293, el Reino Unido de 255, Alemania de 229, Pakistán de 214, México de 55, los Estados Unidos de 32, Noruega de 13, Bolivia de 9, Canadá y Botswana de 3.4. El espacio, pues, no parece ser el problema, al menos no el esencial.
Entonces, ¿alcanza el alimento? Esta pregunta se debería contestar en forma global. La agricultura ha venido cambiando, para bien o mal, en diversas zonas del mundo. Aunque se considera que la producción agrícola y de alimentos en general, es una cuestión de seguridad nacional e internacional, no es, ni con mucho, tan prioritaria como se la consideraba hace medio siglo. Temas abstractos como la lucha contra el terrorismo o el cambio climático se han convertido en los más urgentes de la agenda global.
La FAO considera que aproximadamente el 11% (1,500 millones de hectáreas) de la superficie mundial es actualmente agrícola, y que esta área representa sólo alrededor del 36% del total mundial de terrenos con algún potencial de producción de cultivos.  Esta misma organización prevé que en varias regiones el área agrícola tenderá a crecer en las próximas décadas.
Mientras tanto, tecnologías agrícolas, como la hidroponia y el uso de invernaderos, entre otras tantas, se generalizan en varias regiones del mundo y rinden cosechas varias veces mayores a lo que se produce sobre el suelo, con más seguridad e independencia de fenómenos climáticos; así como un gasto de agua considerablemente menor. Se dedican, no obstante, a producir preferentemente productos comerciales más que los necesarios.
Parece, pues, que no se están produciendo todos los alimentos necesarios, aunque existan tierras y tecnología, pero por alguna razón, quizá de las esbozadas arriba, no hay el suficiente interés en producirlos, o éste es menor que el de dedicar terrenos agrícolas a la producción de biocombustibles, entre otras prioridades del capital.
Pero, ¿y la sustentabilidad?
Sustentabilidad, en términos generales sólo significa que así como son las cosas hoy, sigan siendo después y permanentemente; que previo a extraer más, veamos que se haya repuesto lo extraído antes. Este concepto, tan llevado y traído en estos días, tiene al menos dos grandes contradicciones:
1.     Es totalmente contrario al concepto de progreso, que implica forzosamente cambio para crecer, y
2.     Las cosas no están nada bien hoy (y no debieran quedarse así) para la mayoría, que sobrevive a base de promesas y esperanzas de que las cosas mejorarán
El círculo cuadrado, es decir, el desarrollo sustentable, mito favorito de los tecnócratas de ya dos décadas, no puede darse en el mundo del progreso capitalista, porque implicaría cambiar de raíz su paradigma de crecer compitiendo, por otro que pusiera por delante el bienestar de la mayoría, y que trocara la competencia en colaboración solidaria.
Así pues, como la pobreza y la riqueza no tienen relación con la cantidad y densidad de la población; como aún hay mucha tierra para producir comida para todos y es posible crear nuevas tecnologías para lograrlo, evidentemente no somos muchos.
Pero si es posible sacrificar a cientos de miles de reses para que no baje el precio de la leche (cito a Saramago); si se gasta mucho más en perseguir fantasmas como el terrorismo que en salud y espacios de juego y libertad, mucho más en armas que en libros, en esta ausencia de sustentabilidad y humanidad, entonces  todo va igual que si fuéramos demasiados.

jueves, 6 de enero de 2011

VONNEGUTIANA

“and so on”
Kurt Vonnegut

Hace casi 40 años, al igual que Kurt Vonnegut (hace todavía más años), era yo tan inocente que creía que el rumbo de la humanidad iba a humanizarse; que la rapacidad de los ricos, fueran estos personas, corporaciones o países, iba a atenuarse; que habría algo más de solidaridad y respeto por los pueblos indígenas, por la gente pobre, por la naturaleza, porque ya todos habríamos comprendido que sólo de ese modo podríamos seguir existiendo y tener una posibilidad de ser felices.
Esto se habría dado, pensábamos muchos inocentes, por razón de que existían (o habían existido) el rock, el Ché Guevara, y por supuesto, Jesús y otros humanos muy sabios que habían predicado la paz, el amor (sí, la paz y el amor) y el respeto desde hacía siglos de siglos; y también porque millones de jóvenes en el mundo habíamos comprendido su mensaje; atisbado el desastre por venir al grado de estar dispuestos a ser masacrados en el proceso de hacer ver a los demás que el rumbo hacia el futuro no tenía salida, tal como íbamos.
Y así fue, porque salimos a las calles con toda nuestra bella ingenuidad y nuestra esperanza exuberante, para que todos vieran y escucharan unos lemas magníficos, milenarios algunos; otros recién creados por nosotros, y al ver y escuchar, comprendieran lo mismo que habíamos comprendido. En consecuencia fuimos amenazados, perseguidos, golpeados, encarcelados, torturados y asesinados por nuestros prójimos, que sólo obedecían órdenes de otros prójimos a cargo de gobernarnos, que daban ésas órdenes en medio de su perplejidad, porque no podían dar crédito a que esto fuera en realidad una idea nuestra y no una conspiración comunista o satánica… Su hipótesis tenía cierta lógica: si no estábamos, como todos, como siempre, siendo manipulados por ellos, entonces ¿por quién?
Después de la matanza y el encarcelamiento, después de las inocentes respuestas que tantos torturados habrán dado a sus captores, y así, quizá estos prójimos gobernantes comenzaron a darse cuenta de que, pese a que veinte agrupaciones políticas trataron de apoderarse del movimiento, no lo lograron (nunca lo habrían hecho, tales eran su tamaño, su fuerza y su inocencia). Entonces debía ser verdad que nos habíamos salido solitos del huacal, liberado un poco de la manipulación, y que habíamos actuado ingenua y auténticamente.
Así que decidieron darle una manita de gato a la manipulación, parcharla aquí y estirarla allá, para que les siguiera sirviendo. No crean que por maldad, sino porque cuando la mayoría no está bien manipulada se siente infeliz, sale a las calles a protestar y buscarse que la maten, y eso no es para lo que está el gobierno, sino para velar por la tranquilidad de todos. Y así.
Y una de las características de esta nueva forma de manipularnos fue que diera muy bien la apariencia de que, luego de la matanza y el encarcelamiento, los prójimos gobernantes habían recapacitado y comenzado, poco a poco, a hacernos caso. Y claro, para que esta manipulación fuera convincente, como siempre, ellos también comenzaron a creerlo.
Aturdidos y dolidos aún por la muerte y la desaparición de nuestros prójimos compañeros y amigos, pensamos entonces que tanta violencia y dolor no habían sido del todo en vano, ya que el rumbo parecía estar cambiando, lentamente claro, pero hacia donde era necesario que cambiara para tener esperanza. Por eso tratamos de restañar el dolor y reponer el coraje; de retomar nuestras vidas, terminamos la escuela y nos fuimos a trabajar con honestidad y a tener prójimos y prójimas parejas e hijos. A tratar de ser felices, vamos. Tratando de aguantar un poco más la impaciencia, de pensar que al fin la semilla de un cambio radical había empezado a germinar y de colaborar con esto en lo que pudiéramos, y así.
Es verdad que otros de nuestros compañeros prójimos no creyeron esto; pensaron que la violencia de los poderosos en contra de los jóvenes inocentes; la respuesta nula a las demandas, hacían necesario un cambio de estrategia y que sólo violentamente, tal como en el caso de Cuba había sucedido, era posible quitar de plano a los prójimos poderosos de su lugar y hacerse cargo ellos para gobernar más humanamente. A la mayoría ni siquiera les dio tiempo de deshumanizarse por efecto del ejercicio de la violencia, y menos por el del poder: fueron arrasados sin la menor piedad, con gran eficiencia por unos prójimos a cargo del poder que, más perplejos aún que antes, no lograban entender cómo los prójimos guerrilleros no podían ver el gran esfuerzo de cambio que se estaba haciendo por ellos (aunque el resultado fuera tan lento y a cuentagotas, debía ser un gran esfuerzo, pensábamos, para mover aun ése poquito a una estructura con tal inercia)… Aunque unos pocos escaparon y se escondieron, para preparar nuevas estrategias de lucha, quizá más viables.
Y otros más, se incorporaron al sistema y a sus instituciones, a los partidos políticos y los escalafones burocráticos en la idea de que quizá sólo desde dentro, desde el poder, era posible cambiar las cosas. Y claro que cambiaron algunas cosas, ciertas cosas no muy inertes o importantes, pero para hacerlo, para seguir simplemente allí donde podían hacerlo, tuvieron que dejar de lado alguno de sus principios, luego otro más, ante los imperativos institucionales y así, hasta que lo que cambió en realidad fueron ellos mismos.
***
El mundo, desde entonces, ha devenido en un sistema tan injusto como aquél que había antes de todo esto. Podríamos decir que aún peor, porque ya no hay tanta discreción, tanta hipocresía como antes. Las nuevas tecnologías han hecho posible que todas las iniquidades se sepan, y los inicuos se han vuelto cínicos, indiferentes, porque ya se dieron cuenta que no les sucederá nada; que la mayor parte de la gente prefiere no saber, olvidar lo que ha sabido, refugiarse en la matriz cómoda de mentiras que se difunden por los medios más escuchados. Y claro, cómo podría ser de otra manera, si pensar sólo produce cansancio y frustración, y nos da flojera o hasta horror el pensar que podríamos pensar.
Y bien: la guerra, el genocidio, la esclavitud y la miseria regresaron con más fuerza, luego de hacer como que iban a irse. Los prójimos que gobiernan hoy han decretado que deben cuidar unas variables macroeconómicas, y que en lo personal cada quien debe rascarse con sus uñas para que se den el crecimiento y el progreso; o bien cuando algún prójimo gobernante hace alguna propuesta para que los prójimos del pueblo estén un poco mejor ahora mismo, se le sataniza; se le acusa de irresponsable y populista; de estar sacrificando el futuro para que el presente sea vivible, mas no sustentable… El hecho de que los prójimos del pueblo quieran a estos populistas es, dicen los prójimos entronizados en el poder, la mejor prueba de que son tramposos y que lo único que buscan es ese poder (o sea, lo mismo que ellos).
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Hace cuarenta años yo estaba razonablemente convencido de que los avances de la ciencia y la tecnología podrían sacar a la mayor parte de la humanidad del infierno y la desesperanza en que vivían. Los avances se dieron, sin duda. A veces mucho más sorprendentes de lo que se había previsto. Pero en su mayoría no impactaron positivamente en la vida de los prójimos que tanto los requerían, ya que se les puso precios impagables por la mayoría. El resultado es: más inequidad y pobreza.
Por lo que toca al medio ambiente, a la tierra y sus frutos, el saqueo y la destrucción persisten, ahora más sofisticados, y los desequilibrios pavorosos que la ciencia predecía hace treinta años se están cumpliendo, pero los prójimos gobernantes se niegan a hacer algo al respecto; o bien dicen que no se niegan pero lo que proponen son idioteces sin efecto real.
Qué se puede decir como conclusión: quizá vivir sin esperanza, que es mejor que desesperanzarse a cada rato, o esperar y esperar lo que nunca va a venir, y así. Sin esperanza es posible disfrutar el trabajo, la vida y, en el remoto caso de que haya compañía y amor, pues también.
Hasta luego.

viernes, 12 de noviembre de 2010

NO A LA DEMOCRACIA

La humanidad ha rechazado al comunismo, sin ponerse a pensar que lo que vivió medio mundo durante más de medio siglo, pudo no haber sido realmente comunismo. Simplemente, la característica esencial del comunismo no se dió: no cesó la explotación de la clase trabajadora; sólo cambió la minoría que los explotaba, los capitalistas y nobles, que fueron remplazados por terribles burocracias en el poder. Estas burocracias no sólo explotaron, sino que sobajaron la moral y los derechos humanos del proletariado, de toda la sociedad de hecho, incluso de sí mismos, hasta niveles de inhumanidad y abyección que se equiparan a los del nazismo. Eso no es, creo, por ningún lado, comunismo. En todo caso una dictadura declaradamente socialista, y fascista en la acción (pero ésa es otra discusión).
Para ser consecuente, diré aquí que NO a la democracia. Porque esto que estamos viviendo no es el gobierno de la mayoría con respeto hacia las minorías; que es lo que se dice contínuamente que es la democracia actual. Lo que vivimos es el gobierno de un pequeño grupo de gente, que pertenece a partidos políticos y hace de la búsqueda del poder su carrera.
Ellos, la clase política, deben servir a su partido antes que a nadie, ya que como la búsqueda del poder es su meta, tratarán a como dé lugar de que su partido gane más espacios de poder o, al menos, conserve los que ya tiene; en fin, para seguir cabiendo en el gobierno. Si para lograr esto hay que servir a la gente, ni modo, hará de tripas corazón y podrá hasta servirla… Y sin duda algunos lo harán de buena fe. Por desgracia, y como hemos visto multitud de veces, hay muchos modos de mantener el poder sin molestarse en servir realmente a la gente.
El poder político depende un poquito de los votos ciudadanos; más aún de negociaciones entre los partidos; pero sobre todo de acuerdos entre los partidos y los verdaderamente poderosos hoy en día ¿cuándo no? en el mundo: los dueños del gran capital, de bancos y grandes empresas transnacionales; y los dueños de las consciencias, las iglesias y televisoras, no necesariamente en ese orden (que a fin de cuentas, en buena medida son los mismos). Los partidos, para persistir y ganar, requieren de alianzas con el poder económico y los otros poderes fácticos. De hecho, se asocian o alquilan más o menos obviamente; ceden más o mucho más, en aparente armonía con el color de su ideología declarada, para contar con el apoyo (o al menos, con la indiferencia) de los dueños del dinero y las mentes cautivas.
Los partidos políticos tienen ya muy claro que no se gana nada (y se puede perder todo) con oponerse al poder económico. Hace décadas, fue posible. Lázaro Cárdenas lo logró, Fidel Castro apenas de panzazo, Salvador Allende y el mismo John Kennedy (supuestamente el jefe de seguridad del imperio del dólar) fueron víctimas del aprendizaje de esta clase imperial, aún temerosa de mitos y “cocos” creados por ella misma, balbuceante (como un bebé), pero también ejemplos para que todos supiéramos hasta donde pueden llegar (sí, como un bebé con una bazuca)…
Hoy las cosas funcionan mucho más suavemente. Los políticos ya no van a intentar salirse del huacal así nomás. Los dueños del dinero saben que gane quien gane, no hay gran cosa que temer. Algunos optimistas dirán que se ha ganado mucho en el respeto a los derechos humanos, pero creo que eso es sólo una moda, que puede revertirse; igual se pueden decretar actas o actos patrióticos, guerras contra la inseguridad y así; y reprimir a los pueblos con todo el peso de las armas. ¿Verdad que no necesitan que les dé algún ejemplo?
Los representantes, diputados, senadores, etc., lo dije antes, lo son de su partido y no de la gente. Votan sobre reformas, leyes, desafueros y demás en bloque, salvo unos pocos ingenuos (¿?) que de plano están perdiendo el tiempo (bueno, mientras ganan muy buenos sueldos) si es que quieren realmente cambiar las cosas. Casi no hay nada más patético que los larguísimos y aparentemente entusiastas discursos y debates que se dan en las cámaras, cuando ellos y nosotros, cuando todos sabemos (y sabemos que todos sabemos) que las cosas se han arreglado de antemano en otros sitios.
¿Y el voto? Puede ser realmente difícil convencer a los votantes de que lo que se promete se tratará de cumplir; de que en realidad hay compromiso con las demandas de la gente (perdón, hablaba de Suecia), pero en general en nuestros países la mayoría de la gente vota en forma, digamos, laxa como mínimo. Escuché a una licenciada en trabajo social, comentar que votaría por Vicente Fox porque se le figuraba al verlo en la tele que debía oler muy bien, y así.
Sí, porque hemos sido intensamente amaestrados por diversas instituciones (familia, iglesia, escuela y, cada vez más preponderantemente, medios masivos de comunicación, pero esos son otros temas) para menospreciar nuestra individualidad, para ser absorbentes a opiniones que nos uniformen y nos den una ilusión de pertenencia. Nos ejercitan contínuamente con honores a la bandera y teletones y nos hacen creer que la opción entre hamburguesas y hot-dogs; entre coca y pepsi, es la única posible, apetecible, la que nos llevará por el camino de la bonanza; nos venden cuentitas de colores haciéndonos creer (y pagar muy buenos millones de pesos por ellas) que allí está la joya auténtica de la democracia. Casi nadie en sus cabales rechaza la democracia como casi nadie duda del progreso: Los más escépticos la aceptan como un mal necesario; y todos nos quitamos un peso de encima, transferimos nuestra responsabilidad y tenemos a quien echarle la culpa cuando las cosas no salen. Porque en el fondo sabemos (a diferencia de los gringos, más confiados y a los que sí les salen bien de pronto) que no saldrán.
Creo que la verdadera democracia (Ay, ¿cómo le llamaremos para que no se confunda con esto que tenemos?), el mandato de la gente sobre el gobierno, incluso sobre el poder financiero y hasta sobre la delincuencia organizada y el narco, requiere nomás dedicarle todos buena parte de nuestras vidas a algo que no hemos sido entrenados para hacer en absoluto; algo para lo que no estamos educando a nuestros hijos; que ni siquiera adivinamos bien cómo es o se realiza, pero que implica sin duda varios ingredientes: el ejercicio de la crítica, el cultivo de la individualidad y la solidaridad (o mejor dicho, de la individualidad solidaria) al margen de las instituciones que ya existen; quizá al margen de cualquier institución fuera de la sociedad en su conjunto; de la humanidad toda. Implica no sólo la identificación, sino el rechazo total activo, no sólo declarativo, a la corrupción en un sentido mucho más amplio del que habitualmente entendemos. Implica incluso la disposición a dar la vida por nuestra individualidad, la de los demás y nuestra condición de seres humanos. Y por supuesto, implica decir NO a esta cosa, tristemente llamada democracia, que hoy padecemos.

martes, 12 de octubre de 2010

La Cultura de la Guerra


Esta era una civilización más imponente de lo que alguna vez soñaran los mayores filósofos y visionarios del pasado. Capaz de producir máquinas pensantes que hacían el trabajo infinito de calcular los movimientos de todas las estrellas, todas las nubes, todos los microbios y todo el dinero en una fracción de segundo, mientras halagaban a sus amos con espléndida música, bellas imágenes y comunicación instantánea a cualquier lugar del universo. Poseedora de edificios y naves inteligentes, satélites vigilantes, arte maravilloso que acariciaba, al tiempo, todos los sentidos. Creadora de técnicas para reproducir la vida, incluso mejorar sus capacidades naturales, y de conocer toda la intrincada trama de relaciones entre los seres, los planetas y el interior de las mentes. A una interrogante o un simple capricho, construía inmensas, pesadísimas torres de metal que llegaban hasta la Luna, sólo para traer de vuelta unos cuantos trozos de roca.
Sus suntuosos perfumes, exquisitos tejidos y delicadezas culinarias, las habría envidiado el más poderoso de los emperadores de la antigüedad; sus sofisticados espectáculos nunca tuvieron parangón en este y otros tiempos, su abundancia en mercancías, era algo pasmoso que quizá jamás será igualado.
No obstante, para lograr y sostener tales magnificencias, esta civilización tenía que mantenerse en guerra consigo misma. Quizá porque no puede acumularse tanto en una parte o momento sin realizar un intenso, sistemático saqueo en otros. Este sistema tenía múltiples formas y vertientes. Por ejemplo, en algún tiempo, le sirvió muy bien dividir al mundo en dos grandes bloques que saqueaban sus propios interiores con el pretexto de la amenaza del contrario. Así, como las armas eran mercancía y negocio, cada bando acumuló, a costa de hambrunas y epidemias, las suficientes para destruir varias veces a su enemigo, a sí mismo y al planeta entero donde habitaban ambos... “¡Ridículo!”, pensarán algunos, pero tal era la majestad de esos imperios.
La guerra, como todas, como siempre, estaba basada en una compleja y arraigada doctrina de mentiras, que la gran mayoría de la gente creyó (pese a la ingenua opinión de Abraham Lincoln) todo el tiempo, aunque fueran expoliados y sangrados por su propia civilización. Palabras mágicas se usaban para nombrar, con frecuencia, a la cosa opuesta. Por ejemplo, al saqueo cada vez más intenso y sofisticado de los que no estaban allí cerca, o sí estaban, pero eran diferentes, se le llamó desarrollo, o bien al gobierno de una minoría disfrazada de varias minorías que primero hacían circo para que la mayoría eligiera a una de ellas y luego hacían lo que les venía en gana, se le denominó democracia.
La guerra empezaba casi desde la cuna, se estimulaba sin duda en la escuela y el templo para que los hermanos compitieran, rompiéndose el alma entre sí, con la expectativa de que alguno, de que cualquiera podía llegar a donde era imposible (dadas la formación y las herramientas de las que se les proveía) que llegaran: a los lugares reservados a los hijos de los que los detentaron antes, educados en escuelas especiales para herederos. Competencia, guerrero, emprendedor, palabras santas de esta civilización tan activa, en lucha perpetua para llegar al ideal, la paz y la equidad que todos anhelaban y que los poderosos se encargaban de posponer indefinidamente, porque eso hubiera sido el fin de la civilización que les pertenecía.
La guerra, ya provista de una serie de máquinas, técnicas y normas de una altísima eficiencia, se llevaba a cabo en forma industrial, desde las pantallas receptoras en cada hogar hasta las más recónditas entrañas de las selvas antes vírgenes, pasando por las oficinas, los gigantescos complejos comerciales y fabriles, pero sin olvidar al más modesto puesto de cacahuates o a la parcela de subsistencia. Porque toda cantidad de recursos provenía de, iba a parar a, o alimentaba los engranajes del inmenso mecanismo guerrero cuyo objeto era la movilización de riqueza desde los lugares cada vez más despojados hacia los más provistos.
La guerra cotidiana, aparentemente pacífica, daba lugar aquí y allá a guerras aparentes, belicosas, que peleaban, a nombre de los agresores de siempre, máquinas automáticas tan precisas que sus proyectiles podían atinarle a la ventana de una casa a dos mil kilómetros de distancia, y tan potentes que sus cargas lo destruían todo en un radio de mil metros alrededor de ella.
La guerra, independientemente de lo que dijera la voz oficial, la hacían siempre los ricos contra los pobres. Por supuesto, eran los pobres los que peleaban contra otros pobres en nombre de los ricos cuya bandera se les había inculcado como propia (la democracia, la cruz, la cocacola y tantas otras). Así, el sistema, destructor de aldeas, bosques y formas de pensamiento, resultaba bien, porque cada vez hubo más y más pobres que lucharan esas guerras.
A pesar del flujo inmenso de información alucinante, que uniformaba cada vez más a la sociedad, aparecieron minorías que adivinaron la magnitud de todo este horror, y decidieron luchar por los derechos de la gente o el medio ambiente. Pero el imperio los ignoraba –mientras hacía autoelogio de la tolerancia y la libertad que privaban­– o, en todo caso, encarcelaba o mandaba asesinar a algún líder, unas veces para desanimar, y otras para animar a estos grupos que acababan, no obstante sus propósitos éticos y honestos, trabajando para la perpetuación del sistema. Porque estos movimientos, sólo excepcional, tangencialmente llegaban a acercarse (tal era la maraña de mentiras) a las partes esenciales de ese sistema, la guerra y el poder saqueador, que no se veían amenazados realmente por la disidencia.
Hasta donde la ví por última vez, esta civilización ilusoria, caníbal, depredadora, seguía maravillosamente viva, creciendo sustentablemente en fuerza y capacidades, renovándose contínuamente. Cuál será su fin, en el que nos arrastrará a todos, aún no se vislumbra...

martes, 28 de septiembre de 2010

TE CONOZCO

Aquél de quien has abusado, te conoce
William Blake

Te conozco desde que apareciste por este mundo. Ya tus antecesores me habían caído bien: tan débiles y torpes, tambaleándose en sus patas traseras; huyendo de los depredadores en medio de agudos gritos de pánico… Pero un día, alzaste tu vista al cielo, y en esa mirada inquisitiva, atenta, estaba el germen de algo más. Por supuesto, lo noté y presté desde entonces más atención a tu suerte.

Incapaz de competir con otros cazadores, sin colmillos enormes, garras afiladas o gran velocidad, te hiciste de palos y huesos que, apretados entre tus dedos endebles, se convirtieron en armas poderosas. Aprendiste a lanzar piedras y dardos afilados con tino y fuerza, y así se amplió tu dieta de cucarachas y roedores, para incluir la carne suculenta de los herbívoros de la sabana.
Y así pasaron muchos milenios… ¡Qué asombro sentí cuando comenzaste a usar el fuego! Pero también me dí cuenta de que eso aumentaba inmensamente tu capacidad de dañar tu entorno; acabar con tus propias aldeas, con otros seres y tal vez contigo mismo. Pero fuiste precavido y respetuoso; no querías destruir sino conservar lo que necesitabas y amabas. Francamente en ese entonces me entretenía mucho observándote: un ser que a diferencia de las demás especies, cambiaba poco a poco su forma de vida, iba creando una y luego varias culturas, y llegó a ocupar toda la superficie del planeta gracias al fuego, a tus armas y tiendas, a tus trajes de piel y embarcaciones para los que, a la larga, no valieron las nevadas, cadenas montañosas o la inmensidad del océano.
Así que llegaste a ser el señor de la Tierra, un señor modesto y digno, con tu séquito de plantas y animales domados, conocedor de técnicas y medicamentos sofisticados y capaz de hacer arte. Ya no tenías nada que hacer más que trabajar un poco cada día y disfrutar una vida plena, si bien austera y no exenta de dolor.
Pero razonabas y, a diferencia de los demás animales, supiste que ibas a morir y sentiste miedo. Te diste cuenta de que desaparecerías casi sin dejar rastro en el mundo. ¿Cómo era posible? El ser más poderoso e inteligente, ¿desaparecer así nomás?
Entonces, apenas hace unos pocos miles de años, fue que te dio por acaparar tierras; por construir pirámides, ciudades y torres inmensas para eternizar tu gloria. Y para eso, que era imposible que todos tuvieran, algunos de los tuyos comenzaron a apoderarse de más, mucho más de lo que habría bastado para que todos y cada uno vivieran bien. Y a eso le llamaste civilización.
Eran necesarios, por ejemplo, los troncos de millones de árboles para transportar los enormes bloques de roca, techar los palacios y construir las galeras necesarias para llevar ejércitos a conquistar otras tierras, esclavizar a sus hijos y robar sus bienes… Si no, ¿cómo obtener lo necesario para construir palacios cada vez más suntuosos?
Y mientras se erigían pirámides y templos, cada vez menos de los tu especie seguían sus vidas apegados a la naturaleza, sin sentido de la propiedad, tomando o produciendo estrictamente lo que necesitaban. Los que insistían en llevar una vida sencilla, fueron desplazados, esclavizados o muertos para que avanzara la civilización.
Esa pasión tuya por la inmortalidad, por ser recordado para siempre, llevó a algunos aun a desear la posesión completa del mundo y a lanzar a sus huestes a la conquista de un territorio tras otro hasta establecer enormes imperios que al cabo de unos años se disolvían. Siempre hubo pocas, muy pocas plazas para conquistadores del mundo. Así que debías desarrollar otras formas de lograr la trascendencia que todos querían, para darles al menos una esperanza que los mantuviera en paz. Una de las primeras que descubriste fue el crear instituciones para canalizar la magia y las creencias religiosas. Cuando un chamán o una iglesia son representantes de los dioses, adquieren mucho poder sobre los demás: poder de esclavizarlos, quitarles algo de lo poco que tienen como tributo a este dios o al otro, o mandarlos a guerras “santas” que siempre fueron y siguen siendo fratricidas.
Tu civilización creó castas sagradas, intocables por la mayoría, protegidas por Dios, las leyes y las instituciones (como por ejemplo, la policía y el ejército). Estas se encargan de garantizar que el fruto de la explotación cada vez más extendida de la mayoría de tu especie y de tu entorno no sea repartido en forma uniforme. La mayoría de la riqueza es para unos pocos, cada vez menos en proporción de todos los que colaboran a enriquecerlos, sin otro sentido que… ¿Cuál?
Pero tu logro más refinado, mejor que las escuelas donde enseñas a la mayoría de los tuyos a ser sumisos; que el sistema médico que los convierte en enfermos y pacientes perpetuos; que la televisión que los obnubila y aplaca, es sin duda la industria, que todo lo absorbe.
La industria abarca todo lo que hoy es tu vida como especie, porque las escuelas, las iglesias y el arte se han convertido ya en industrias; porque arrasó y sigue arrasando cada vez con más fuerza a la naturaleza, el bosque y el agua, y a los indígenas que quedan aún en convivencia con el suelo; porque crea a diario un sinnúmero de artefactos para venderse y tirarse lo más pronto posible; porque ha inventado la fantasía de que el dinero es algo tangible, que crece y se multiplica en la bolsa de valores; que sube y baja según alguien gane una elección aquí o se alebreste en otra parte. Todo esto ha generado un hambre y una insatisfacción que todos quieren aplacar con dinero y consumo, y que más hambre les da entre más consuman… Hambre que, claro, preserva y hace crecer a la industria más y más. Y a eso le llamas desarrollo.
Gracias a la industria, a tu cultura motorizada y electrificada, en donde cada vez la mayoría trabaja más para tener menos, estoy cambiando en forma inusitada. En los últimos trescientos años has arrojado sobre mí innumerables sustancias nuevas, creadas por ti, que son letales para muchos seres, empezando por ti mismo, como nada que hubiera antes. A otras que ya existían, tu industria las ha hecho aumentar o mermar tremendamente. Inerte como soy, respondo a esos cambios con modificaciones extrañas por todas partes, desde las frías corrientes del fondo oceánico hasta los vientos de las capas altas de la atmósfera. Ya lo ves, los hielos se están derritiendo, los bosques desaparecen; las tormentas, el calor y el frío se vuelven cada vez más extremosos. Y la evolución responde también a tus patrones destructivos: con la desaparición de miles de especies, surgen nuevas plagas y cepas virulentas que matan a tus animales y a ti mismo. Estoy a punto de una catástrofe de dimensiones geológicas.
Y tú sabes todo esto. Lo has estudiado con tu ciencia y estás consciente de lo que me está pasando gracias a tu abuso… Pero, te conozco; te he visto desde que apareciste aquí, sé cómo fuiste madurando y tengo la impresión, vamos, casi la seguridad de que vas a seguir como hasta ahora, sin cambiar hasta que sea demasiado tarde.
No creas que te estoy pidiendo que me salves. No te necesito en absoluto. Estoy muy por encima de ti, francamente esperando ya con curiosidad e interés a las nuevas y maravillosas estirpes de seres que surgirán sobre las ruinas de tus ciudades ya que te extingas, como ha sido siempre en mi existencia.
Sí: eres tú la especie amenazada, y lo que la amenaza eres tú mismo, así que de lo que hagas o dejes de hacer depende el que sigas aquí dentro de 40, 400 o 400 mil años. Es lo que querías ¿No? Tener en tus endebles manos tu destino.