viernes, 12 de noviembre de 2010

NO A LA DEMOCRACIA

La humanidad ha rechazado al comunismo, sin ponerse a pensar que lo que vivió medio mundo durante más de medio siglo, pudo no haber sido realmente comunismo. Simplemente, la característica esencial del comunismo no se dió: no cesó la explotación de la clase trabajadora; sólo cambió la minoría que los explotaba, los capitalistas y nobles, que fueron remplazados por terribles burocracias en el poder. Estas burocracias no sólo explotaron, sino que sobajaron la moral y los derechos humanos del proletariado, de toda la sociedad de hecho, incluso de sí mismos, hasta niveles de inhumanidad y abyección que se equiparan a los del nazismo. Eso no es, creo, por ningún lado, comunismo. En todo caso una dictadura declaradamente socialista, y fascista en la acción (pero ésa es otra discusión).
Para ser consecuente, diré aquí que NO a la democracia. Porque esto que estamos viviendo no es el gobierno de la mayoría con respeto hacia las minorías; que es lo que se dice contínuamente que es la democracia actual. Lo que vivimos es el gobierno de un pequeño grupo de gente, que pertenece a partidos políticos y hace de la búsqueda del poder su carrera.
Ellos, la clase política, deben servir a su partido antes que a nadie, ya que como la búsqueda del poder es su meta, tratarán a como dé lugar de que su partido gane más espacios de poder o, al menos, conserve los que ya tiene; en fin, para seguir cabiendo en el gobierno. Si para lograr esto hay que servir a la gente, ni modo, hará de tripas corazón y podrá hasta servirla… Y sin duda algunos lo harán de buena fe. Por desgracia, y como hemos visto multitud de veces, hay muchos modos de mantener el poder sin molestarse en servir realmente a la gente.
El poder político depende un poquito de los votos ciudadanos; más aún de negociaciones entre los partidos; pero sobre todo de acuerdos entre los partidos y los verdaderamente poderosos hoy en día ¿cuándo no? en el mundo: los dueños del gran capital, de bancos y grandes empresas transnacionales; y los dueños de las consciencias, las iglesias y televisoras, no necesariamente en ese orden (que a fin de cuentas, en buena medida son los mismos). Los partidos, para persistir y ganar, requieren de alianzas con el poder económico y los otros poderes fácticos. De hecho, se asocian o alquilan más o menos obviamente; ceden más o mucho más, en aparente armonía con el color de su ideología declarada, para contar con el apoyo (o al menos, con la indiferencia) de los dueños del dinero y las mentes cautivas.
Los partidos políticos tienen ya muy claro que no se gana nada (y se puede perder todo) con oponerse al poder económico. Hace décadas, fue posible. Lázaro Cárdenas lo logró, Fidel Castro apenas de panzazo, Salvador Allende y el mismo John Kennedy (supuestamente el jefe de seguridad del imperio del dólar) fueron víctimas del aprendizaje de esta clase imperial, aún temerosa de mitos y “cocos” creados por ella misma, balbuceante (como un bebé), pero también ejemplos para que todos supiéramos hasta donde pueden llegar (sí, como un bebé con una bazuca)…
Hoy las cosas funcionan mucho más suavemente. Los políticos ya no van a intentar salirse del huacal así nomás. Los dueños del dinero saben que gane quien gane, no hay gran cosa que temer. Algunos optimistas dirán que se ha ganado mucho en el respeto a los derechos humanos, pero creo que eso es sólo una moda, que puede revertirse; igual se pueden decretar actas o actos patrióticos, guerras contra la inseguridad y así; y reprimir a los pueblos con todo el peso de las armas. ¿Verdad que no necesitan que les dé algún ejemplo?
Los representantes, diputados, senadores, etc., lo dije antes, lo son de su partido y no de la gente. Votan sobre reformas, leyes, desafueros y demás en bloque, salvo unos pocos ingenuos (¿?) que de plano están perdiendo el tiempo (bueno, mientras ganan muy buenos sueldos) si es que quieren realmente cambiar las cosas. Casi no hay nada más patético que los larguísimos y aparentemente entusiastas discursos y debates que se dan en las cámaras, cuando ellos y nosotros, cuando todos sabemos (y sabemos que todos sabemos) que las cosas se han arreglado de antemano en otros sitios.
¿Y el voto? Puede ser realmente difícil convencer a los votantes de que lo que se promete se tratará de cumplir; de que en realidad hay compromiso con las demandas de la gente (perdón, hablaba de Suecia), pero en general en nuestros países la mayoría de la gente vota en forma, digamos, laxa como mínimo. Escuché a una licenciada en trabajo social, comentar que votaría por Vicente Fox porque se le figuraba al verlo en la tele que debía oler muy bien, y así.
Sí, porque hemos sido intensamente amaestrados por diversas instituciones (familia, iglesia, escuela y, cada vez más preponderantemente, medios masivos de comunicación, pero esos son otros temas) para menospreciar nuestra individualidad, para ser absorbentes a opiniones que nos uniformen y nos den una ilusión de pertenencia. Nos ejercitan contínuamente con honores a la bandera y teletones y nos hacen creer que la opción entre hamburguesas y hot-dogs; entre coca y pepsi, es la única posible, apetecible, la que nos llevará por el camino de la bonanza; nos venden cuentitas de colores haciéndonos creer (y pagar muy buenos millones de pesos por ellas) que allí está la joya auténtica de la democracia. Casi nadie en sus cabales rechaza la democracia como casi nadie duda del progreso: Los más escépticos la aceptan como un mal necesario; y todos nos quitamos un peso de encima, transferimos nuestra responsabilidad y tenemos a quien echarle la culpa cuando las cosas no salen. Porque en el fondo sabemos (a diferencia de los gringos, más confiados y a los que sí les salen bien de pronto) que no saldrán.
Creo que la verdadera democracia (Ay, ¿cómo le llamaremos para que no se confunda con esto que tenemos?), el mandato de la gente sobre el gobierno, incluso sobre el poder financiero y hasta sobre la delincuencia organizada y el narco, requiere nomás dedicarle todos buena parte de nuestras vidas a algo que no hemos sido entrenados para hacer en absoluto; algo para lo que no estamos educando a nuestros hijos; que ni siquiera adivinamos bien cómo es o se realiza, pero que implica sin duda varios ingredientes: el ejercicio de la crítica, el cultivo de la individualidad y la solidaridad (o mejor dicho, de la individualidad solidaria) al margen de las instituciones que ya existen; quizá al margen de cualquier institución fuera de la sociedad en su conjunto; de la humanidad toda. Implica no sólo la identificación, sino el rechazo total activo, no sólo declarativo, a la corrupción en un sentido mucho más amplio del que habitualmente entendemos. Implica incluso la disposición a dar la vida por nuestra individualidad, la de los demás y nuestra condición de seres humanos. Y por supuesto, implica decir NO a esta cosa, tristemente llamada democracia, que hoy padecemos.

martes, 12 de octubre de 2010

La Cultura de la Guerra


Esta era una civilización más imponente de lo que alguna vez soñaran los mayores filósofos y visionarios del pasado. Capaz de producir máquinas pensantes que hacían el trabajo infinito de calcular los movimientos de todas las estrellas, todas las nubes, todos los microbios y todo el dinero en una fracción de segundo, mientras halagaban a sus amos con espléndida música, bellas imágenes y comunicación instantánea a cualquier lugar del universo. Poseedora de edificios y naves inteligentes, satélites vigilantes, arte maravilloso que acariciaba, al tiempo, todos los sentidos. Creadora de técnicas para reproducir la vida, incluso mejorar sus capacidades naturales, y de conocer toda la intrincada trama de relaciones entre los seres, los planetas y el interior de las mentes. A una interrogante o un simple capricho, construía inmensas, pesadísimas torres de metal que llegaban hasta la Luna, sólo para traer de vuelta unos cuantos trozos de roca.
Sus suntuosos perfumes, exquisitos tejidos y delicadezas culinarias, las habría envidiado el más poderoso de los emperadores de la antigüedad; sus sofisticados espectáculos nunca tuvieron parangón en este y otros tiempos, su abundancia en mercancías, era algo pasmoso que quizá jamás será igualado.
No obstante, para lograr y sostener tales magnificencias, esta civilización tenía que mantenerse en guerra consigo misma. Quizá porque no puede acumularse tanto en una parte o momento sin realizar un intenso, sistemático saqueo en otros. Este sistema tenía múltiples formas y vertientes. Por ejemplo, en algún tiempo, le sirvió muy bien dividir al mundo en dos grandes bloques que saqueaban sus propios interiores con el pretexto de la amenaza del contrario. Así, como las armas eran mercancía y negocio, cada bando acumuló, a costa de hambrunas y epidemias, las suficientes para destruir varias veces a su enemigo, a sí mismo y al planeta entero donde habitaban ambos... “¡Ridículo!”, pensarán algunos, pero tal era la majestad de esos imperios.
La guerra, como todas, como siempre, estaba basada en una compleja y arraigada doctrina de mentiras, que la gran mayoría de la gente creyó (pese a la ingenua opinión de Abraham Lincoln) todo el tiempo, aunque fueran expoliados y sangrados por su propia civilización. Palabras mágicas se usaban para nombrar, con frecuencia, a la cosa opuesta. Por ejemplo, al saqueo cada vez más intenso y sofisticado de los que no estaban allí cerca, o sí estaban, pero eran diferentes, se le llamó desarrollo, o bien al gobierno de una minoría disfrazada de varias minorías que primero hacían circo para que la mayoría eligiera a una de ellas y luego hacían lo que les venía en gana, se le denominó democracia.
La guerra empezaba casi desde la cuna, se estimulaba sin duda en la escuela y el templo para que los hermanos compitieran, rompiéndose el alma entre sí, con la expectativa de que alguno, de que cualquiera podía llegar a donde era imposible (dadas la formación y las herramientas de las que se les proveía) que llegaran: a los lugares reservados a los hijos de los que los detentaron antes, educados en escuelas especiales para herederos. Competencia, guerrero, emprendedor, palabras santas de esta civilización tan activa, en lucha perpetua para llegar al ideal, la paz y la equidad que todos anhelaban y que los poderosos se encargaban de posponer indefinidamente, porque eso hubiera sido el fin de la civilización que les pertenecía.
La guerra, ya provista de una serie de máquinas, técnicas y normas de una altísima eficiencia, se llevaba a cabo en forma industrial, desde las pantallas receptoras en cada hogar hasta las más recónditas entrañas de las selvas antes vírgenes, pasando por las oficinas, los gigantescos complejos comerciales y fabriles, pero sin olvidar al más modesto puesto de cacahuates o a la parcela de subsistencia. Porque toda cantidad de recursos provenía de, iba a parar a, o alimentaba los engranajes del inmenso mecanismo guerrero cuyo objeto era la movilización de riqueza desde los lugares cada vez más despojados hacia los más provistos.
La guerra cotidiana, aparentemente pacífica, daba lugar aquí y allá a guerras aparentes, belicosas, que peleaban, a nombre de los agresores de siempre, máquinas automáticas tan precisas que sus proyectiles podían atinarle a la ventana de una casa a dos mil kilómetros de distancia, y tan potentes que sus cargas lo destruían todo en un radio de mil metros alrededor de ella.
La guerra, independientemente de lo que dijera la voz oficial, la hacían siempre los ricos contra los pobres. Por supuesto, eran los pobres los que peleaban contra otros pobres en nombre de los ricos cuya bandera se les había inculcado como propia (la democracia, la cruz, la cocacola y tantas otras). Así, el sistema, destructor de aldeas, bosques y formas de pensamiento, resultaba bien, porque cada vez hubo más y más pobres que lucharan esas guerras.
A pesar del flujo inmenso de información alucinante, que uniformaba cada vez más a la sociedad, aparecieron minorías que adivinaron la magnitud de todo este horror, y decidieron luchar por los derechos de la gente o el medio ambiente. Pero el imperio los ignoraba –mientras hacía autoelogio de la tolerancia y la libertad que privaban­– o, en todo caso, encarcelaba o mandaba asesinar a algún líder, unas veces para desanimar, y otras para animar a estos grupos que acababan, no obstante sus propósitos éticos y honestos, trabajando para la perpetuación del sistema. Porque estos movimientos, sólo excepcional, tangencialmente llegaban a acercarse (tal era la maraña de mentiras) a las partes esenciales de ese sistema, la guerra y el poder saqueador, que no se veían amenazados realmente por la disidencia.
Hasta donde la ví por última vez, esta civilización ilusoria, caníbal, depredadora, seguía maravillosamente viva, creciendo sustentablemente en fuerza y capacidades, renovándose contínuamente. Cuál será su fin, en el que nos arrastrará a todos, aún no se vislumbra...

martes, 28 de septiembre de 2010

TE CONOZCO

Aquél de quien has abusado, te conoce
William Blake

Te conozco desde que apareciste por este mundo. Ya tus antecesores me habían caído bien: tan débiles y torpes, tambaleándose en sus patas traseras; huyendo de los depredadores en medio de agudos gritos de pánico… Pero un día, alzaste tu vista al cielo, y en esa mirada inquisitiva, atenta, estaba el germen de algo más. Por supuesto, lo noté y presté desde entonces más atención a tu suerte.

Incapaz de competir con otros cazadores, sin colmillos enormes, garras afiladas o gran velocidad, te hiciste de palos y huesos que, apretados entre tus dedos endebles, se convirtieron en armas poderosas. Aprendiste a lanzar piedras y dardos afilados con tino y fuerza, y así se amplió tu dieta de cucarachas y roedores, para incluir la carne suculenta de los herbívoros de la sabana.
Y así pasaron muchos milenios… ¡Qué asombro sentí cuando comenzaste a usar el fuego! Pero también me dí cuenta de que eso aumentaba inmensamente tu capacidad de dañar tu entorno; acabar con tus propias aldeas, con otros seres y tal vez contigo mismo. Pero fuiste precavido y respetuoso; no querías destruir sino conservar lo que necesitabas y amabas. Francamente en ese entonces me entretenía mucho observándote: un ser que a diferencia de las demás especies, cambiaba poco a poco su forma de vida, iba creando una y luego varias culturas, y llegó a ocupar toda la superficie del planeta gracias al fuego, a tus armas y tiendas, a tus trajes de piel y embarcaciones para los que, a la larga, no valieron las nevadas, cadenas montañosas o la inmensidad del océano.
Así que llegaste a ser el señor de la Tierra, un señor modesto y digno, con tu séquito de plantas y animales domados, conocedor de técnicas y medicamentos sofisticados y capaz de hacer arte. Ya no tenías nada que hacer más que trabajar un poco cada día y disfrutar una vida plena, si bien austera y no exenta de dolor.
Pero razonabas y, a diferencia de los demás animales, supiste que ibas a morir y sentiste miedo. Te diste cuenta de que desaparecerías casi sin dejar rastro en el mundo. ¿Cómo era posible? El ser más poderoso e inteligente, ¿desaparecer así nomás?
Entonces, apenas hace unos pocos miles de años, fue que te dio por acaparar tierras; por construir pirámides, ciudades y torres inmensas para eternizar tu gloria. Y para eso, que era imposible que todos tuvieran, algunos de los tuyos comenzaron a apoderarse de más, mucho más de lo que habría bastado para que todos y cada uno vivieran bien. Y a eso le llamaste civilización.
Eran necesarios, por ejemplo, los troncos de millones de árboles para transportar los enormes bloques de roca, techar los palacios y construir las galeras necesarias para llevar ejércitos a conquistar otras tierras, esclavizar a sus hijos y robar sus bienes… Si no, ¿cómo obtener lo necesario para construir palacios cada vez más suntuosos?
Y mientras se erigían pirámides y templos, cada vez menos de los tu especie seguían sus vidas apegados a la naturaleza, sin sentido de la propiedad, tomando o produciendo estrictamente lo que necesitaban. Los que insistían en llevar una vida sencilla, fueron desplazados, esclavizados o muertos para que avanzara la civilización.
Esa pasión tuya por la inmortalidad, por ser recordado para siempre, llevó a algunos aun a desear la posesión completa del mundo y a lanzar a sus huestes a la conquista de un territorio tras otro hasta establecer enormes imperios que al cabo de unos años se disolvían. Siempre hubo pocas, muy pocas plazas para conquistadores del mundo. Así que debías desarrollar otras formas de lograr la trascendencia que todos querían, para darles al menos una esperanza que los mantuviera en paz. Una de las primeras que descubriste fue el crear instituciones para canalizar la magia y las creencias religiosas. Cuando un chamán o una iglesia son representantes de los dioses, adquieren mucho poder sobre los demás: poder de esclavizarlos, quitarles algo de lo poco que tienen como tributo a este dios o al otro, o mandarlos a guerras “santas” que siempre fueron y siguen siendo fratricidas.
Tu civilización creó castas sagradas, intocables por la mayoría, protegidas por Dios, las leyes y las instituciones (como por ejemplo, la policía y el ejército). Estas se encargan de garantizar que el fruto de la explotación cada vez más extendida de la mayoría de tu especie y de tu entorno no sea repartido en forma uniforme. La mayoría de la riqueza es para unos pocos, cada vez menos en proporción de todos los que colaboran a enriquecerlos, sin otro sentido que… ¿Cuál?
Pero tu logro más refinado, mejor que las escuelas donde enseñas a la mayoría de los tuyos a ser sumisos; que el sistema médico que los convierte en enfermos y pacientes perpetuos; que la televisión que los obnubila y aplaca, es sin duda la industria, que todo lo absorbe.
La industria abarca todo lo que hoy es tu vida como especie, porque las escuelas, las iglesias y el arte se han convertido ya en industrias; porque arrasó y sigue arrasando cada vez con más fuerza a la naturaleza, el bosque y el agua, y a los indígenas que quedan aún en convivencia con el suelo; porque crea a diario un sinnúmero de artefactos para venderse y tirarse lo más pronto posible; porque ha inventado la fantasía de que el dinero es algo tangible, que crece y se multiplica en la bolsa de valores; que sube y baja según alguien gane una elección aquí o se alebreste en otra parte. Todo esto ha generado un hambre y una insatisfacción que todos quieren aplacar con dinero y consumo, y que más hambre les da entre más consuman… Hambre que, claro, preserva y hace crecer a la industria más y más. Y a eso le llamas desarrollo.
Gracias a la industria, a tu cultura motorizada y electrificada, en donde cada vez la mayoría trabaja más para tener menos, estoy cambiando en forma inusitada. En los últimos trescientos años has arrojado sobre mí innumerables sustancias nuevas, creadas por ti, que son letales para muchos seres, empezando por ti mismo, como nada que hubiera antes. A otras que ya existían, tu industria las ha hecho aumentar o mermar tremendamente. Inerte como soy, respondo a esos cambios con modificaciones extrañas por todas partes, desde las frías corrientes del fondo oceánico hasta los vientos de las capas altas de la atmósfera. Ya lo ves, los hielos se están derritiendo, los bosques desaparecen; las tormentas, el calor y el frío se vuelven cada vez más extremosos. Y la evolución responde también a tus patrones destructivos: con la desaparición de miles de especies, surgen nuevas plagas y cepas virulentas que matan a tus animales y a ti mismo. Estoy a punto de una catástrofe de dimensiones geológicas.
Y tú sabes todo esto. Lo has estudiado con tu ciencia y estás consciente de lo que me está pasando gracias a tu abuso… Pero, te conozco; te he visto desde que apareciste aquí, sé cómo fuiste madurando y tengo la impresión, vamos, casi la seguridad de que vas a seguir como hasta ahora, sin cambiar hasta que sea demasiado tarde.
No creas que te estoy pidiendo que me salves. No te necesito en absoluto. Estoy muy por encima de ti, francamente esperando ya con curiosidad e interés a las nuevas y maravillosas estirpes de seres que surgirán sobre las ruinas de tus ciudades ya que te extingas, como ha sido siempre en mi existencia.
Sí: eres tú la especie amenazada, y lo que la amenaza eres tú mismo, así que de lo que hagas o dejes de hacer depende el que sigas aquí dentro de 40, 400 o 400 mil años. Es lo que querías ¿No? Tener en tus endebles manos tu destino.