martes, 12 de octubre de 2010

La Cultura de la Guerra


Esta era una civilización más imponente de lo que alguna vez soñaran los mayores filósofos y visionarios del pasado. Capaz de producir máquinas pensantes que hacían el trabajo infinito de calcular los movimientos de todas las estrellas, todas las nubes, todos los microbios y todo el dinero en una fracción de segundo, mientras halagaban a sus amos con espléndida música, bellas imágenes y comunicación instantánea a cualquier lugar del universo. Poseedora de edificios y naves inteligentes, satélites vigilantes, arte maravilloso que acariciaba, al tiempo, todos los sentidos. Creadora de técnicas para reproducir la vida, incluso mejorar sus capacidades naturales, y de conocer toda la intrincada trama de relaciones entre los seres, los planetas y el interior de las mentes. A una interrogante o un simple capricho, construía inmensas, pesadísimas torres de metal que llegaban hasta la Luna, sólo para traer de vuelta unos cuantos trozos de roca.
Sus suntuosos perfumes, exquisitos tejidos y delicadezas culinarias, las habría envidiado el más poderoso de los emperadores de la antigüedad; sus sofisticados espectáculos nunca tuvieron parangón en este y otros tiempos, su abundancia en mercancías, era algo pasmoso que quizá jamás será igualado.
No obstante, para lograr y sostener tales magnificencias, esta civilización tenía que mantenerse en guerra consigo misma. Quizá porque no puede acumularse tanto en una parte o momento sin realizar un intenso, sistemático saqueo en otros. Este sistema tenía múltiples formas y vertientes. Por ejemplo, en algún tiempo, le sirvió muy bien dividir al mundo en dos grandes bloques que saqueaban sus propios interiores con el pretexto de la amenaza del contrario. Así, como las armas eran mercancía y negocio, cada bando acumuló, a costa de hambrunas y epidemias, las suficientes para destruir varias veces a su enemigo, a sí mismo y al planeta entero donde habitaban ambos... “¡Ridículo!”, pensarán algunos, pero tal era la majestad de esos imperios.
La guerra, como todas, como siempre, estaba basada en una compleja y arraigada doctrina de mentiras, que la gran mayoría de la gente creyó (pese a la ingenua opinión de Abraham Lincoln) todo el tiempo, aunque fueran expoliados y sangrados por su propia civilización. Palabras mágicas se usaban para nombrar, con frecuencia, a la cosa opuesta. Por ejemplo, al saqueo cada vez más intenso y sofisticado de los que no estaban allí cerca, o sí estaban, pero eran diferentes, se le llamó desarrollo, o bien al gobierno de una minoría disfrazada de varias minorías que primero hacían circo para que la mayoría eligiera a una de ellas y luego hacían lo que les venía en gana, se le denominó democracia.
La guerra empezaba casi desde la cuna, se estimulaba sin duda en la escuela y el templo para que los hermanos compitieran, rompiéndose el alma entre sí, con la expectativa de que alguno, de que cualquiera podía llegar a donde era imposible (dadas la formación y las herramientas de las que se les proveía) que llegaran: a los lugares reservados a los hijos de los que los detentaron antes, educados en escuelas especiales para herederos. Competencia, guerrero, emprendedor, palabras santas de esta civilización tan activa, en lucha perpetua para llegar al ideal, la paz y la equidad que todos anhelaban y que los poderosos se encargaban de posponer indefinidamente, porque eso hubiera sido el fin de la civilización que les pertenecía.
La guerra, ya provista de una serie de máquinas, técnicas y normas de una altísima eficiencia, se llevaba a cabo en forma industrial, desde las pantallas receptoras en cada hogar hasta las más recónditas entrañas de las selvas antes vírgenes, pasando por las oficinas, los gigantescos complejos comerciales y fabriles, pero sin olvidar al más modesto puesto de cacahuates o a la parcela de subsistencia. Porque toda cantidad de recursos provenía de, iba a parar a, o alimentaba los engranajes del inmenso mecanismo guerrero cuyo objeto era la movilización de riqueza desde los lugares cada vez más despojados hacia los más provistos.
La guerra cotidiana, aparentemente pacífica, daba lugar aquí y allá a guerras aparentes, belicosas, que peleaban, a nombre de los agresores de siempre, máquinas automáticas tan precisas que sus proyectiles podían atinarle a la ventana de una casa a dos mil kilómetros de distancia, y tan potentes que sus cargas lo destruían todo en un radio de mil metros alrededor de ella.
La guerra, independientemente de lo que dijera la voz oficial, la hacían siempre los ricos contra los pobres. Por supuesto, eran los pobres los que peleaban contra otros pobres en nombre de los ricos cuya bandera se les había inculcado como propia (la democracia, la cruz, la cocacola y tantas otras). Así, el sistema, destructor de aldeas, bosques y formas de pensamiento, resultaba bien, porque cada vez hubo más y más pobres que lucharan esas guerras.
A pesar del flujo inmenso de información alucinante, que uniformaba cada vez más a la sociedad, aparecieron minorías que adivinaron la magnitud de todo este horror, y decidieron luchar por los derechos de la gente o el medio ambiente. Pero el imperio los ignoraba –mientras hacía autoelogio de la tolerancia y la libertad que privaban­– o, en todo caso, encarcelaba o mandaba asesinar a algún líder, unas veces para desanimar, y otras para animar a estos grupos que acababan, no obstante sus propósitos éticos y honestos, trabajando para la perpetuación del sistema. Porque estos movimientos, sólo excepcional, tangencialmente llegaban a acercarse (tal era la maraña de mentiras) a las partes esenciales de ese sistema, la guerra y el poder saqueador, que no se veían amenazados realmente por la disidencia.
Hasta donde la ví por última vez, esta civilización ilusoria, caníbal, depredadora, seguía maravillosamente viva, creciendo sustentablemente en fuerza y capacidades, renovándose contínuamente. Cuál será su fin, en el que nos arrastrará a todos, aún no se vislumbra...

1 comentario:

  1. Yo siempre la he visto así: ilusoria, caníbal, depredadora y viva
    ¿será que mi vida es muy efímera?

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