miércoles, 2 de octubre de 2013

El agua, que cada año nos revuelca...
“No hay tigre, decían,
y el tigre estaba pasando justo delante de ellos”

Publicado el 2 de septiembre de 2002 en El Informador Ambiental,
suplemento del Diario de Querétaro
Armando Bayona Celis

El agua en Querétaro hace crisis cada año que llueve lo que tendría que llover o un poco más. A pesar de que por estos rumbos el clima es algo veleidoso, como todos los de la familia de los semiáridos, no podemos decir que sea impredecible, o terrible como otros que llevan desastres a las zonas costeras y a nosotros nomás nos completan el temporal... Pero parecería que el agua –que tanto se necesita aquí– es también una amenaza; que mientras nos falta por un lado (el de nuestros pozos, cada día más profundos para alcanzarla), por el otro, el de las avenidas de agua bronca, que inunda, enloda y maltrata la ciudad, y produce el fenómeno de las coladeras brotantes, nos sale sobrando y nos alarma.

Esta ¡ay! por desgracia no es una novedad: ya en la década del 1960 existían recuentos de este problema, compilados, redactados, impresos y voceados por Don Alfonso Adame –insigne y adelantado ambientalista; uno de los recursos de sentido común y pasión más preciados que tiene Querétaro(*)–. Recuerdo una hoja en la que por el anverso nos habla de la alarmante disminución de los depósitos subterráneos, y por el reverso de cómo se inundaban zonas de la capital cada vez que llovía con cierta intensidad. En fin, treinta y tantos años han pasado y parece que nadie se dio cuenta; que estamos despertando cada verano a la pantanosa realidad que parecemos olvidar al fin de la temporada de lluvias.

Esto, señoras y señores, es sólo uno de tantos ejemplos de la mexicanísima (y queretanísima también, pues cómo no) costumbre de no planear; de no escuchar la voz del sentido común, de gobernar para hacer fiestas y arcos triunfales y no para los aparentemente pequeños problemas cotidianos; de no exigirles los ciudadanos a nuestros representantes y administradores. Pero no pienso discutir más sobre esto, porque son otras cosas las que quiero contarles hoy sobre el agua.

Como por ejemplo, que en estos años que pasaron desde las primeras hojitas del señor Adame hasta hoy, se ha construido silenciosamente en la capital queretana y sus alrededores una enorme, poderosa máquina hidráulica, capaz de conducir con gran eficiencia muchos millones de metros cúbicos al año: la propia zona urbana de la orgullosa Santiago de Querétaro con sus satélites, zonas industriales y cabeceras municipales vecinas conurbadas, que en menos de 30 años ¡quintuplicó su superficie!

Esto significa un área de alrededor de 14,400 hectáreas urbanizadas en los municipios de Querétaro, Corregidora y El Marqués, de las que –podemos suponer muy conservadoramente– al menos la mitad (7,200 ha; o 72 millones de metros cuadrados) se encuentran debidamente impermeabilizadas contra la infiltración del agua de lluvia, es decir, pavimentadas o como azoteas de casas, edificios y naves industriales. En las 4 quintas partes de ellas, hasta los inicios de la década de 1970, el agua llovida se infiltraba en parte para llegar, con toda calma, a formar parte del acuífero que subyace al bajío de la capital.

La situación actual es distinta. Muy distinta. El agua que llueve sobre calles y azoteas, es capturada prácticamente al instante e inicia un raudo viaje por tuberías que, desde los techos de las edificaciones y por todas partes en las calles, la llevan en la forma más expedita posible a mezclarse con las aguas negras y los desagües de industrias, y a abandonar el estado uniéndose al río Lerma.

Pero la ciudad se ha extendido hacia las faldas del Cimatario y por muchos lomeríos y laderas de cañadas alrededor de nuestro pequeño bajío. La ciudad –colonias de lujo y populares por igual– se ha trepado a zonas con pendientes moderadas y fuertes, y subido por arriba de los 2,000 metros de altitud, casi un cuarto de kilómetro por sobre el nivel de la Alameda Hidalgo. Esto hace que, si la lluvia es de cierta intensidad, baje a toda carrera por los tubos del desagüe; pronto rebase la capacidad de estas cañerías y brote por coladeras o por donde se pueda, en la parte baja de la ciudad.

Querétaro suroeste, Región Hidrológica Nº 12, el trocito estatal más pequeño de los que forman  la cuenca del Lerma-Chapala, se ganó hace dos años, a base de estudios técnicos muy bien fundamentados, así como grandes y sesudas discusiones, el derecho de conservar 94 millones de metros cúbicos del agua que se precipita en estos poco más de dos mil kilómetros cuadrados que nos tocan de dicha cuenca. Hubo gran beneplácito en los medios y quedó claro que los queretanos, nuestra Comisión Estatal del Agua, nuestros Consejos Ciudadanos, luchábamos codo con codo por lo que nos pertenece.

No obstante, el poniente de Querétaro sigue siendo más que generoso con las aguas pluviales de su dinámica zona urbana, que tal vez sumen (mmm, déjenme ver: 72,000,000 de m2 multiplicados por 56 centímetros, o 0.56 metros de altura promedio de la lluvia anual)... ¡40 millones! de metros cúbicos que llueven sobre nuestras calles y casas, agua aprovechable que capturamos a base de sistemas complejos y costosos, sólo para deshacernos de ella lo más pronto posible, como si nos sobrara.

Parece ciencia-ficción esto de imaginarnos cosechando el agua que cae en nuestra azotea, como lo parecía hasta hace unos años el imaginar computadoras hogareñas, respeto al voto ciudadano y tantas otras cosas comunes en este año del Señor de 2002. Pero la tecnología para hacerlo existe desde hace décadas. Y, por supuesto, no debemos ser tan inocentes como para pensar que esta es LA SOLUCIÓN al problema del agua en Querétaro. Evidentemente será necesario –pero pronto, eso sí– combinar una serie de medidas en todos los ámbitos: agricultura, reforestación, desarrollo urbano, cultura del agua...


O, como apareció apenas hace unos días en la prensa local, un desarrollo del Dr. Eusebio Ventura, de la UAQ, que consiste en hacer oquedades en la tierra labrada, como muchos diminutos bordos, mediante una rueda especialmente diseñada que se acopla a la maquinaria agrícola, y que aumenta la infiltración de agua pluvial en forma significativa. Cosas aparentemente simples o pequeñas, pero que sumadas, como las gotas de agua, tal vez tengan un efecto mayor al de la cortina de la presa más grande y sofisticada.

*Alfonso Adame falleció en 2005