NO
VOTO EN 2015
Hace
ya tiempo que, en los meses antes de las elecciones, ciudadano que
soy, me siento a reflexionar y escribir -básicamente para mí mismo-
acerca de las razones por las cuales no votaré. Claro, si hubiera
razones para ir a votar, pues ésas enlistaría, pero eso no ha
pasado. Veamos:
Primero:
la ineficiencia del gobierno para cumplir sus obligaciones
constitucionales, como dar educación, trabajo y salud universales y
de calidad; el crecimiento económico siempre prometido y no cumplido
en décadas; la presencia de la corrupción cínica, extendida y
cotidiana, y la no representatividad de nuestros representantes, más,
en los últimos años, la violencia en crecimiento exponencial y la
indiferencia gubernamental hacia la gente y nuestros derechos, cuando
no el despojo y la agresión. Toda esta incompetencia y corrupción
la pagamos muy cara, con algunos de los sueldos más altos del mundo
para puestos de este tipo.
Después:
pasemos revista a los partidos políticos, para encontrar que no
existen posturas ideológicas, contenido o propuestas mínimamente
razonables; vaya, ni siquiera los nombres de los partidos
corresponden en absoluto a lo que en realidad son. Eso sí,
estructurados cada uno y aliados entre ellos para mantener sus
posiciones y recursos económicos; y pelotearse el poder sin importar
las necesidades o las preferencias de la gente. Los partidos, sus
propósitos reales, su acción, están desligados de la sociedad y
sus necesidades, y sólo se presentan ante los ciudadanos (todos lo
sabemos) a la hora de la campaña política.
Sigamos
con los procesos electorales, obscenamente caros, manoseados
intensamente por los gobiernos y los medios, y que gracias a leyes
cada vez más “perfeccionadas” y maneras más sofisticadas de
darles la vuelta, son arbitrados por entes ineptos para siquiera ver
y menos sancionar las enormes irregularidades, delitos, sobornos,
amenazas, en fin, lo que todos los ciudadanos, incluso los consejeros
y jueces electorales, sabemos que ocurren. Verdaderamente es
envidiable ver que en países que tienen procesos diez o cincuenta
veces más baratos y mucho menos intrusivos que los que padecemos y
pagamos aquí los ciudadanos, nadie se pelea al final y todos acatan
tranquilamente los resultados.
El
análisis de los fraudes de antología que han ocurrido en las
postrimerías del siglo pasado y en este, y de los dizque candados y
dientes y transparencias que hay ahora para evitarlos, llevan a
pensar que las cosas siempre están arregladas y que un candidato
decente (en el mejor sentido de la palabra) no ganará nunca o, si
ganara, es porque ya no es tan decente. Los procesos electorales, en
suma, están hechos por y para los partidos políticos y, por tanto,
son ajenos a los intereses de la mayoría de los mexicanos. No
quisiera referirme a los estridentes y continuos spots, que en cada
campaña superan su imbecilidad: nos aplauden, nos dicen que sí
podemos, quieren que seamos felices... En muchos países, semejante
flujo de idiotez brotando de todos los medios masivos a toda hora es
impensable, sería ilegal si alguien se atreviera a intentarlo. Los
partidos pelean apasionadamente porque el otro dice su mensaje en más
minutos que el de ellos, pero ninguno se disculpa por las propiedades
que sus correligionarios tienen en el país y el extranjero; ni se
preocupa porque haya desaparecidos y niños muriendo de hambre hoy
mismo.
Veamos
ahora qué pasa con los votantes y sus motivos. Lo primero, como dice
el maestro Enrique Galván Ochoa, es la sencilla ecuación: 1
pobre = 1 voto.
Mediante beneficios, amenazas, compromisos morales, promesas y dinero
se logran muchísimos votos. Otros muchos sólo van a votar porque
“hay que votar” y votan por este porque es el que va a ganar o
porque está guapillo el candidato, o porque se me hace que ha de
oler rico (verídico) o porque un día lo vi pasar... Y algunos,
porque si gana y como es compadre del amigo del cuñado, tal vez me
dé chamba... No tenemos estadísticas de cuánta gente hace un
análisis y piensa cómo y por qué votar... Y... ¿Acaso hay
diferencia? ¿Alguno de los candidatos me ofrece que la ciudad dejará
de crecer en el desorden que lo hace? ¿Que realmente mejorará el
transporte? Etc. etc. etc..... ¡Pero cómo no! Lo requeteprometen y
luego olvidan y no hay manera de castigarlos más que votar en 3 o 6
años por el otro, sí, ése con el que se sienta los domingos en
misa...
Es
triste pero todos estamos seguros que el que venga hará lo mismo que
el anterior, o peor. Es algo que todos los mexicanos sabemos en el
fondo, como sabemos que Santa Claus no existe, pero cada vez que hay
que votar, tantos vuelven a creer en él, sobre todo si todavía no
les va tan mal en su vida y negocios, y van a las casillas una y otra
vez. No vaya a ser que se desestabilice el proyecto de nación.
Pero
¿Vas a dejar que decidan por tí?
Ya
está decidido, en forma holística, el resultado de la elección. Lo
saben Soriana, Televisa, los gobiernos de estados y municipios que
participan de mil maneras que nadie fiscaliza, los partidos que
cambalachean triunfos (que la ciudadanía quería) por otras
prebendas, etc., etc. Ah, y sobre todo, lo saben el INE y el Tribunal
Electoral.
Pues
entonces anula tu voto para que sepan que no te parece ninguno de los
candidatos.
Los
votos nulos son “mudos” en realidad, se avientan a un montón
anónimo en donde no se sabe si la boleta se llenó “mal” por
ignorancia, desmadre o conciencia ideológica. Pero los votos nulos
ayudan igual que los otros a lograr el objetivo fundamental de la
partidocracia: que haya la menor abstención posible. Cada dedo
entintado, cada boleta marcada, es un voto de confianza en un sistema
que no funciona y dinero para los partidos. Si voy y anulo mi voto
les estoy diciendo que ahorita no me gusta lo que me ofrecen, pero
que estoy dispuesto a seguir participando.
¡Gracias
por participar!
Cada
participación aumenta el rating
de este reality
y le da más de nuestro dinero a los partidos. Y credibilidad al
gobierno ante el mundo.
Por
eso, desean desesperadamente (y se la viven diciéndonoslo) que
vayamos a votar aunque sea por Cantinflas o López Obrador.
Y
por eso, por eso mismo, yo no voto.
***
Pero
hoy las cosas han cambiado cualitativamente. Creo que sin exagerar
podemos decir que la Constitución ha sido profundamente violentada y
desmantelada en muchos de sus principales concepciones y postulados.
Esto fue perpetrado con urgencia tremenda y con la complicidad de la
oposición; y en muchos casos en contra del parecer de la mayoría de
los mexicanos.
Las
reformas llamadas estructurales, que durante tantos años se ha dicho
que necesitaba el país para crecer y progresar, no son más que la
oficialización de lo que se ha venido haciendo por años en forma
más o menos simulada, y que por supuesto no ha traído crecimiento y
mejoría en las condiciones de la mayor parte de la población, que
ha sido despojada cada vez más, a favor de los que más tienen.
El
desmantelamiento de PEMEX, la destrucción de extensas áreas
naturales por las mineras y constructoras, el incremento en los
índices de desigualdad, las enormes ganancias de las grandes
empresas y financieras, el desempleo y el aumento de la pobreza, son
algunos rasgos de lo que realmente pasa en el país, y que las
reformas sólo apuntalan para que vengan con más confianza otros
inversionistas a decidir que hacen con nuestro país.
Además,
el crimen organizado tiene visiblemente control sobre grandes áreas
del país y, probablemente en otras en las que no es tan evidente. Se
ha hablado de infiltración en diversos grados en el 70% de los
municipios. No parece que la intervención del gobierno federal
resuelva las cosas, pero sí ha resultado efectiva para neutralizar a
los grupos de autodefensa formados por ciudadanos en contra de los
carteles en regiones en donde era ya imposible aguantar los robos,
secuestros, desapariciones, violaciones...
Hace
todavía unos meses, los “líderes de opinión” en el mundo
(cualquier cosa que eso signifique) se hacían de la vista gorda
queriendo pensar que ahora sí, México iba a salir de la mediocridad
(no veo cómo, si no estaba cambiando nada), pero se han destapado
cloacas terrorificas en varios frentes: corrupción, incapacidad,
falta de respeto a los derechos humanos, violencia gubernamental y
del crimen organizado generalizadas; impunidad casi perfecta, a la
vista de todos, y hoy, esos mismos “líderes” ya no pueden
elogiar y tienen que reprobar, porque las cosas han llegado a un
nivel que no permite ya quedarse callados.
La
situación es de tal gravedad y complejidad, que en casi cualquier
otro país de los llamados democráticos, hace meses habrían
ocurrido renuncias de personajes del más alto nivel, y algunas otras
medidas radicales y visibles se habrían tomado, al menos para
liberar tensión (lo que los analistas llaman “control de daños”).
Aquí indigna y avergüenza la inacción, frescura y desfachatez con
la que se conducen los responsables últimos de los fraudes, las
masacres y desapariciones, frente a sus propias víctimas,
manifestaciones multitudinarias y cotidianas; y la opinión mundial.
En
muchos ámbitos de este país, quizá por la costumbre de tantos años
de ver diariamente la corrupción y la violencia, como dijo el
semanario inglés The
Guardian que le
ocurre al propio presidente, no entendemos que no entendemos lo
inaceptable de la situación; la enorme tensión política y social
en aumento, no vista en muchas décadas, ni siquiera en 1968 o 1994.
Si
en otras ocasiones la discusión planteada al principio de este texto
era pertinente, creo que hoy está fuera de lugar, es absurda como la
orquesta tocando valses en el hundimiento del Titanic.
Creo
que hoy, como nunca, no votar es un deber patriótico, una actitud
digna y de humanidad hacia las víctimas, una demostración pacífica
de que entendemos lo que está pasando y exigimos respuestas
verídicas, prontas y efectivas de las autoridades.