La población humana creció tremendamente en los últimos 100 años, hasta alcanzar casi los 7,000 millones de personas (se estima que esta cifra se alcanzará en 2011 y que habrá 9,000 millones para el año 2046, de acuerdo al Buró del Censo de los Estados Unidos). El crecimiento, si bien ha tendido en las últimas dos décadas a disminuir su tasa en forma más o menos consistente, continúa, y lo hará durante muchos años.
En consecuencia, se escucha cada vez más el argumento de que están creciendo la hambruna, el desempleo, el deterioro ambiental, ponga usted la palabra… por causa de que somos muchos, más de los que soporta el ecosistema o la capacidad de carga del planeta. Esto es un prejuicio, y uno de los más peligrosos, que históricamente ha sido esgrimido para justificar (y claro, ejecutar) actos de discriminación, destierro y genocidio.
En este texto trataré de mostrar que no tiene sentido declarar que el número de habitantes de la Tierra es mucho o poco, sin situarlo en un contexto menos vago que la capacidad de carga o el ecosistema, o supuestamente demostrándolo por el hecho cierto de que están disminuyendo los recursos o aumentando el número -y a veces también la proporción- de gente en extrema pobreza.
La capacidad de carga, un concepto de la ecología, se ha definido como el número o la densidad de población de individuos de una especie que puede sustentar indefinidamente un terreno, región, tipo de paisaje, ecosistema, o incluso la totalidad de la superficie del planeta.
Esta capacidad tiene que ver, en el caso de las plantas, con la cantidad de luz solar, el espacio disponible que presenta las características adecuadas para la implantación y el desarrollo de cada especie; y la producción de material vegetal, el número y la dinámica de las presas de caza, o el espacio para ocultarse, anidar o excavar madrigueras en el caso de los animales, como unos pocos de los factores importantes. En suma, la capacidad de carga son el espacio y la energía (sol o comida) aprovechables por una especie.
Este concepto se ha tratado de aplicar a las poblaciones humanas, suscitando diversas críticas, ya que nuestra especie se comporta en forma distinta a las demás. Por ejemplo, la superficie agrícola real por individuo (así como el área agrícola que requiere una persona para su alimentación) disminuyó sustancialmente en los últimos 60 años, gracias a la incorporación de técnicas y semillas mejoradas para mayores rendimientos. Otra cuestión es que el comportamiento de la población responde en cierta medida a la aplicación de políticas públicas a nivel nacional o internacional. Es por eso fundamentalmente que se observa una disminución en la tasa de crecimiento global y en muchos países. Esto no ocurre con poblaciones de plantas o animales en la naturaleza.
Una nueva tecnología, o bien la aplicación de una tecnología distinta a la usual, podrían hacer más eficiente el proceso de producción de alimentos, erradicar una enfermedad o abaratar y limpiar la energía que consumimos. Esto ha ocurrido en diversas ocasiones, la mayoría de ellas en tiempos relativamente recientes.
Evidentemente, el espacio aprovechable es finito, y por tanto, la población humana no puede crecer infinitamente. Hay un límite, pero ¿qué tan lejos estamos de él? ¿Es inminente?
La respuesta no es un número de personas ni una fecha aislados, sino ubicados en el contexto y los paradigmas de una sociedad; en la capacidad tecnológica de producir más o menos espacio, energía y alimento aprovechables (es decir, capacidad de carga) de una sociedad. ¿Sustentable o no? Ese es otro asunto, una cuestión que se intentará resolver más adelante.
El crecimiento de la humanidad es, en realidad, un fenómeno relativamente nuevo. Antes, y durante muchos milenios, de hecho, durante la mayor parte (muchas decenas de miles de años) de la historia de nuestra especie, el número de personas sobre el planeta crecía o decrecía por diversas causas pero, en promedio, tendía a mantenerse.
Está bastante claro que el inicio del crecimiento de la población tiene relación con la práctica generalizada de la agricultura, hace menos de 10,000 años, la concentración de parte de la población en las ciudades y la aparición de clases dominantes. Estos son los componentes de un proceso relativamente reciente que vendría a ser la primera etapa de lo que llamamos progreso.
Con el progreso vino, por una parte, la posibilidad de este sistema de sostener a una población mayor, porque la producción agrícola es más eficiente que la caza y recolección, de modo que produjo más alimentos por unidad de área, aunque causó un impacto mucho mayor al medio y requirió la servidumbre o esclavización de una parte considerable de las personas.
La siguiente etapa, que ocurrió en forma mucho más dinámica que la anterior, se dio a partir del Renacimiento, cuando por un lado se amplió inmensamente el territorio dominado por los reinos llamados occidentales, hasta ser dominante esta cultura, que es la única que enarbolaba en ese momento la idea y el ideal de progreso, hasta alcanzar un nivel global, y comenzaron a formarse establecimientos financieros e industriales. Por supuesto todo esto iba aparejado a un desarrollo cada vez más pronunciado de la ciencia y la tecnología. La producción se mecanizó y multiplicó, los hallazgos en la agricultura, la globalización de las plantas cultivadas, el desarrollo de nuevos procedimientos y sustancias curativas, todo impactó en el crecimiento de la población cada vez más intensamente.
En las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, apareció la producción masiva en serie, que dio lugar a la instauración de la sociedad de consumo, tal como la conocemos hoy, en la que dominan los automotores, el gasto de inmensas cantidades de energía de combustibles fósiles y la industrialización de casi toda la actividad humana civilizada: la educación, la salud, el transporte, la comunicación, la guerra y la religión... todo se ha tornado en industrial, masivo y consumible. La sociedad civilizada se ha dado enloquecidamente a la manufactura, la renovación y el desecho innecesarios de mercancías, y su transado a lo largo y ancho del planeta en forma exponencial; y paralelamente (¿es acaso un círculo vicioso?) la población se ha disparado a un grado que ni las inmensas guerras globales del siglo XX afectaron la curva de crecimiento.
Esta economía de consumo, es producto de -y le viene muy bien a- el sistema capitalista, que está basado, como todos sabemos y la mayoría supone que es correcto, en la competencia. Pero esta competencia requiere forzosamente de que se produzca más de lo que habrá de ser comprado; de destruir toda mercancía que ya no será adquirida, sin importar cuánto se necesite por parte de quien no la puede pagar. Y como las personas, su trabajo, son también mercancías, el sistema de competencia exige que haya capacidad de trabajo de sobra, es decir, desempleo. Es pues, un sistema que desperdicia por necesidad una parte de la producción y la productividad (sí, de la capacidad de carga) de la sociedad humana.
El sistema capitalista global, tal como funciona hoy en día, requiere, además, de crecer en forma continua. Esto se ha derivado de las creencias judeo-cristianas de que el futuro será mejor y del proceso de perfeccionamiento espiritual del individuo, que se han ritualizado para formar parte esencial de la visión occidental de la historia (cito a Gabriel Zaid), de modo que hoy casi nadie duda de que el desarrollo y el progreso van forzosamente de lo peor a lo mejor; de lo simple a lo complejo y de lo pequeño a lo grande.
El crecimiento del sistema requiere del desarrollo de nuevos productos, que se financia con el sobreprecio de los que se adquirieron antes; de la protección de patentes y derechos, que encarecen también las mercancías, a veces en proporción mucho mayor a lo que suman el costo real y una ganancia razonable; de la manipulación de la gente para crearle necesidades y valores que la impelan a adquirir bienes que objetivamente son inútiles; de la explotación cada vez mayor de los espacios y las materias primas; de la generación de crecientes cantidades de desperdicios…
El resultado de todo esto es una sociedad global en la que la desigualdad, tanto entre regiones del mundo, como muchas veces dentro de una misma nación, es abismal; donde coexisten la conservación y la destrucción del medio; la hambruna y el despilfarro; los inmensos latifundios y los millones sin hogar; la carencia de lo más indispensable y la acumulación de lo que no alcanzarían generaciones de descendientes a usar.
Bueno, pero basta de ideología y vamos a los datos duros: ¿hay o no espacio?
Si analizamos una tabla de la densidad de población de los países, nos daremos cuenta de que el número de habitantes por kilómetro cuadrado, poco o nada significa en cuanto a la capacidad de carga de cada territorio, o al bienestar o malestar de la población: Corea del Sur tenía en 2009 una densidad de 487 hab. / Km2, Holanda de 401, India de 363, Haití y China, de 362, el Salvador de 293, el Reino Unido de 255, Alemania de 229, Pakistán de 214, México de 55, los Estados Unidos de 32, Noruega de 13, Bolivia de 9, Canadá y Botswana de 3.4. El espacio, pues, no parece ser el problema, al menos no el esencial.
Entonces, ¿alcanza el alimento? Esta pregunta se debería contestar en forma global. La agricultura ha venido cambiando, para bien o mal, en diversas zonas del mundo. Aunque se considera que la producción agrícola y de alimentos en general, es una cuestión de seguridad nacional e internacional, no es, ni con mucho, tan prioritaria como se la consideraba hace medio siglo. Temas abstractos como la lucha contra el terrorismo o el cambio climático se han convertido en los más urgentes de la agenda global.
La FAO considera que aproximadamente el 11% (1,500 millones de hectáreas) de la superficie mundial es actualmente agrícola, y que esta área representa sólo alrededor del 36% del total mundial de terrenos con algún potencial de producción de cultivos. Esta misma organización prevé que en varias regiones el área agrícola tenderá a crecer en las próximas décadas.
Mientras tanto, tecnologías agrícolas, como la hidroponia y el uso de invernaderos, entre otras tantas, se generalizan en varias regiones del mundo y rinden cosechas varias veces mayores a lo que se produce sobre el suelo, con más seguridad e independencia de fenómenos climáticos; así como un gasto de agua considerablemente menor. Se dedican, no obstante, a producir preferentemente productos comerciales más que los necesarios.
Parece, pues, que no se están produciendo todos los alimentos necesarios, aunque existan tierras y tecnología, pero por alguna razón, quizá de las esbozadas arriba, no hay el suficiente interés en producirlos, o éste es menor que el de dedicar terrenos agrícolas a la producción de biocombustibles, entre otras prioridades del capital.
Pero, ¿y la sustentabilidad?
Sustentabilidad, en términos generales sólo significa que así como son las cosas hoy, sigan siendo después y permanentemente; que previo a extraer más, veamos que se haya repuesto lo extraído antes. Este concepto, tan llevado y traído en estos días, tiene al menos dos grandes contradicciones:
1. Es totalmente contrario al concepto de progreso, que implica forzosamente cambio para crecer, y
2. Las cosas no están nada bien hoy (y no debieran quedarse así) para la mayoría, que sobrevive a base de promesas y esperanzas de que las cosas mejorarán
El círculo cuadrado, es decir, el desarrollo sustentable, mito favorito de los tecnócratas de ya dos décadas, no puede darse en el mundo del progreso capitalista, porque implicaría cambiar de raíz su paradigma de crecer compitiendo, por otro que pusiera por delante el bienestar de la mayoría, y que trocara la competencia en colaboración solidaria.
Así pues, como la pobreza y la riqueza no tienen relación con la cantidad y densidad de la población; como aún hay mucha tierra para producir comida para todos y es posible crear nuevas tecnologías para lograrlo, evidentemente no somos muchos.
Pero si es posible sacrificar a cientos de miles de reses para que no baje el precio de la leche (cito a Saramago); si se gasta mucho más en perseguir fantasmas como el terrorismo que en salud y espacios de juego y libertad, mucho más en armas que en libros, en esta ausencia de sustentabilidad y humanidad, entonces todo va igual que si fuéramos demasiados.
