Aquél de quien has abusado, te conoce
William Blake
Te conozco desde que apareciste por este mundo. Ya tus antecesores me habían caído bien: tan débiles y torpes, tambaleándose en sus patas traseras; huyendo de los depredadores en medio de agudos gritos de pánico… Pero un día, alzaste tu vista al cielo, y en esa mirada inquisitiva, atenta, estaba el germen de algo más. Por supuesto, lo noté y presté desde entonces más atención a tu suerte.
Incapaz de competir con otros cazadores, sin colmillos enormes, garras afiladas o gran velocidad, te hiciste de palos y huesos que, apretados entre tus dedos endebles, se convirtieron en armas poderosas. Aprendiste a lanzar piedras y dardos afilados con tino y fuerza, y así se amplió tu dieta de cucarachas y roedores, para incluir la carne suculenta de los herbívoros de la sabana.
Y así pasaron muchos milenios… ¡Qué asombro sentí cuando comenzaste a usar el fuego! Pero también me dí cuenta de que eso aumentaba inmensamente tu capacidad de dañar tu entorno; acabar con tus propias aldeas, con otros seres y tal vez contigo mismo. Pero fuiste precavido y respetuoso; no querías destruir sino conservar lo que necesitabas y amabas. Francamente en ese entonces me entretenía mucho observándote: un ser que a diferencia de las demás especies, cambiaba poco a poco su forma de vida, iba creando una y luego varias culturas, y llegó a ocupar toda la superficie del planeta gracias al fuego, a tus armas y tiendas, a tus trajes de piel y embarcaciones para los que, a la larga, no valieron las nevadas, cadenas montañosas o la inmensidad del océano.
Así que llegaste a ser el señor de la Tierra , un señor modesto y digno, con tu séquito de plantas y animales domados, conocedor de técnicas y medicamentos sofisticados y capaz de hacer arte. Ya no tenías nada que hacer más que trabajar un poco cada día y disfrutar una vida plena, si bien austera y no exenta de dolor.
Pero razonabas y, a diferencia de los demás animales, supiste que ibas a morir y sentiste miedo. Te diste cuenta de que desaparecerías casi sin dejar rastro en el mundo. ¿Cómo era posible? El ser más poderoso e inteligente, ¿desaparecer así nomás?
Entonces, apenas hace unos pocos miles de años, fue que te dio por acaparar tierras; por construir pirámides, ciudades y torres inmensas para eternizar tu gloria. Y para eso, que era imposible que todos tuvieran, algunos de los tuyos comenzaron a apoderarse de más, mucho más de lo que habría bastado para que todos y cada uno vivieran bien. Y a eso le llamaste civilización.
Eran necesarios, por ejemplo, los troncos de millones de árboles para transportar los enormes bloques de roca, techar los palacios y construir las galeras necesarias para llevar ejércitos a conquistar otras tierras, esclavizar a sus hijos y robar sus bienes… Si no, ¿cómo obtener lo necesario para construir palacios cada vez más suntuosos?
Y mientras se erigían pirámides y templos, cada vez menos de los tu especie seguían sus vidas apegados a la naturaleza, sin sentido de la propiedad, tomando o produciendo estrictamente lo que necesitaban. Los que insistían en llevar una vida sencilla, fueron desplazados, esclavizados o muertos para que avanzara la civilización.
Esa pasión tuya por la inmortalidad, por ser recordado para siempre, llevó a algunos aun a desear la posesión completa del mundo y a lanzar a sus huestes a la conquista de un territorio tras otro hasta establecer enormes imperios que al cabo de unos años se disolvían. Siempre hubo pocas, muy pocas plazas para conquistadores del mundo. Así que debías desarrollar otras formas de lograr la trascendencia que todos querían, para darles al menos una esperanza que los mantuviera en paz. Una de las primeras que descubriste fue el crear instituciones para canalizar la magia y las creencias religiosas. Cuando un chamán o una iglesia son representantes de los dioses, adquieren mucho poder sobre los demás: poder de esclavizarlos, quitarles algo de lo poco que tienen como tributo a este dios o al otro, o mandarlos a guerras “santas” que siempre fueron y siguen siendo fratricidas.
Tu civilización creó castas sagradas, intocables por la mayoría, protegidas por Dios, las leyes y las instituciones (como por ejemplo, la policía y el ejército). Estas se encargan de garantizar que el fruto de la explotación cada vez más extendida de la mayoría de tu especie y de tu entorno no sea repartido en forma uniforme. La mayoría de la riqueza es para unos pocos, cada vez menos en proporción de todos los que colaboran a enriquecerlos, sin otro sentido que… ¿Cuál?
Pero tu logro más refinado, mejor que las escuelas donde enseñas a la mayoría de los tuyos a ser sumisos; que el sistema médico que los convierte en enfermos y pacientes perpetuos; que la televisión que los obnubila y aplaca, es sin duda la industria, que todo lo absorbe.
La industria abarca todo lo que hoy es tu vida como especie, porque las escuelas, las iglesias y el arte se han convertido ya en industrias; porque arrasó y sigue arrasando cada vez con más fuerza a la naturaleza, el bosque y el agua, y a los indígenas que quedan aún en convivencia con el suelo; porque crea a diario un sinnúmero de artefactos para venderse y tirarse lo más pronto posible; porque ha inventado la fantasía de que el dinero es algo tangible, que crece y se multiplica en la bolsa de valores; que sube y baja según alguien gane una elección aquí o se alebreste en otra parte. Todo esto ha generado un hambre y una insatisfacción que todos quieren aplacar con dinero y consumo, y que más hambre les da entre más consuman… Hambre que, claro, preserva y hace crecer a la industria más y más. Y a eso le llamas desarrollo.
Gracias a la industria, a tu cultura motorizada y electrificada, en donde cada vez la mayoría trabaja más para tener menos, estoy cambiando en forma inusitada. En los últimos trescientos años has arrojado sobre mí innumerables sustancias nuevas, creadas por ti, que son letales para muchos seres, empezando por ti mismo, como nada que hubiera antes. A otras que ya existían, tu industria las ha hecho aumentar o mermar tremendamente. Inerte como soy, respondo a esos cambios con modificaciones extrañas por todas partes, desde las frías corrientes del fondo oceánico hasta los vientos de las capas altas de la atmósfera. Ya lo ves, los hielos se están derritiendo, los bosques desaparecen; las tormentas, el calor y el frío se vuelven cada vez más extremosos. Y la evolución responde también a tus patrones destructivos: con la desaparición de miles de especies, surgen nuevas plagas y cepas virulentas que matan a tus animales y a ti mismo. Estoy a punto de una catástrofe de dimensiones geológicas.
Y tú sabes todo esto. Lo has estudiado con tu ciencia y estás consciente de lo que me está pasando gracias a tu abuso… Pero, te conozco; te he visto desde que apareciste aquí, sé cómo fuiste madurando y tengo la impresión, vamos, casi la seguridad de que vas a seguir como hasta ahora, sin cambiar hasta que sea demasiado tarde.
No creas que te estoy pidiendo que me salves. No te necesito en absoluto. Estoy muy por encima de ti, francamente esperando ya con curiosidad e interés a las nuevas y maravillosas estirpes de seres que surgirán sobre las ruinas de tus ciudades ya que te extingas, como ha sido siempre en mi existencia.
Sí: eres tú la especie amenazada, y lo que la amenaza eres tú mismo, así que de lo que hagas o dejes de hacer depende el que sigas aquí dentro de 40, 400 o 400 mil años. Es lo que querías ¿No? Tener en tus endebles manos tu destino.

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